Home Economía y Política ¿Quién puede ser Francés?, por Gabriela Rodríguez Pajares

¿Quién puede ser Francés?, por Gabriela Rodríguez Pajares

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“¿Quieres ser francesa? Muestra tus senos”, ironizaba la presentadora Daphné Bürki envuelta en la bandera de Francia mientras se disponía a mostrar uno de los suyos en un programa de televisión. Esto en señal de protesta por las abstrusas palabras del primer ministro, Manuel Valls, quien presuntamente sugirió, durante un discurso pronunciado a finales del mes de agosto, que los senos descubiertos eran más representativos de ese país que el velo: Marianne has a naked breast because she is feeding the people! She is not veiled, because she is free! That is the republic!“.

¿Es que acaso en este país se está discutiendo la posibilidad de mostrar los senos en público como señal de identidad de la mujer francesa? Pues, aunque las expresiones del primer ministro puedan llevar a confusión, ese no es el tema en discusión. Esta situación, con todo lo cómica que pudiera resultar, se enmarca en el debate con respecto al empleo de una prenda que ha generado amplia polémica: el burkini– neologismo que surge de la fusión de burqa y bikini. Se trata de un traje de baño especialmente diseñado para las mujeres musulmanas que solo deja al descubierto el rostro, las manos y los pies, y cuyo uso ha sido prohibido en una docena de municipios de la costa mediterránea francesa. Pero la controversia desatada en torno del uso de esta prenda no inicia y no termina en ella, sino que la excede hasta convertirse en un debate acerca de la identidad.

Para comprender el razonamiento de quienes apoyan la prohibición del uso del burkini, repasemos algunos de los argumentos que esgrimen para sustentar su posición. Primero, se alude a la existencia de una asociación entre esta prenda y el extremismo religioso. En ese sentido, no sería solo una manifestación más de una conducta religiosa, sino de una llevada hasta sus extremos, que involucraría, además, algún tipo de adhesión a un proyecto político islamista. En un contexto de tensión exacerbada por los atentados terroristas que han remecido el suelo francés los dos últimos años, este argumento resulta potente y efectista ante un público en permanente estado de alerta.

Segundo, la exhibición pública de prendas ostentosas que remitan a un culto en específico vulnera un principio tan fundamental de la República Francesa como la laicidad. Esta decisión, por lo tanto, seguiría la senda de otras medidas anteriores como la ley del 15 de marzo de 2004 que “prohíbe los símbolos o atuendos que llevarían a identificar inmediatamente las creencias religiosas”, o la ley del 11 de octubre de 2010, que “prohíbe ocultar el rostro en el espacio público y en los servicios públicos, salvo en lugares de culto abiertos al público”, las cuales, en su momento, también dieron lugar a encendidos debates al estar directamente dirigidas a atuendos vestidos por mujeres de religión musulmana como el burka, el niqab y el hiyab.

Por último, esta medida es vista como una contribución para los esfuerzos de liberalización de las mujeres musulmanas. Este argumento se basa en la presunción de que el uso de estas prendas no puede corresponder a un acto de libre decisión, sino a las imposiciones de una religión limitante y asfixiante para la mujer. Bajo esta lógica, la profesión de la fe islámica sería intrínsecamente incompatible con el ejercicio del derecho a la libre expresión, por lo que el Estado, mediante la aplicación, aun a la fuerza, de dichas disposiciones en realidad estaría empoderando a estas mujeres atrapadas en una comunidad regida por un sistema patriarcal.

El problema con estos argumentos, con todo lo convincentes que pueden parecer, es que están construidos sobre la base de prejuicios, tienen buena forma pero poca sustancia y, en última instancia, responden al efecto que puedan producir en un público que comparte un conjunto de ideas comunes, susceptible, bajo circunstancias específicas, de absorber con mayor rapidez un mensaje que lo interpela acerca de su propia identidad. En definitiva, conlleva un cuestionario que, de forma disimulada, responde a una pregunta de fondo, implícita, muda, pero perceptible: ¿quién puede ser francés? La lógica detrás de quienes apoyan la prohibición del burkini, basándose en un discurso construido a partir de los argumentos presentados, es que quienes profesan el Islam serían menos aptos para ser franceses en toda su plenitud. Pero analicemos un poco más a fondo cada una de estas premisas.

En cuanto a la asociación entre esta prenda y la adhesión a lo que se denomina comúnmente extremismo islamista, se trata claramente de un aprovechamiento perverso del miedo que cunde actualmente entre los franceses en un contexto de inseguridad. El burkini apareció hace unos pocos años- su invención data del año 2004- en Australia, y su creadora ha admitido que la idea nació a partir de la necesidad de encontrar un atuendo adecuado que permitiera a las niñas musulmanas practicar deportes sin renunciar a un signo importante de su identidad religiosa, como es preservar el cuerpo cubierto. Así, al menos en su concepción no estaría involucrado ningún tipo de reivindicación de un proyecto islamista. Por otro lado, Olivier Roy, en una reciente entrevista acerca del tema en cuestión, señalaba que, en realidad, esta prenda rompería los esquemas de los fundamentalistas, para quienes las mujeres “no pueden pasear por la playa y menos aún bañarse”, y, por lo tanto, tendría mucho de “moderno” y nada de “tradicional o fundamentalista”.

El segundo argumento, que enfatiza la defensa de la laicidad como uno de los pilares de la República Francesa, también es cuestionable en este caso. Según el discurso oficial, la laicidad no contradice los principios de libertad e igualdad, sino que contribuye a revitalizarlos. Sin embargo, como señala Iman Amrani en un artículo en The Guardian, el estricto secularismo francés que implica una supuesta irrestricta igualdad entre todos sus ciudadanos, lleva a invisibilizar las características y los problemas particulares de los grupos minoritarios. Así, en lugar de prestar atención a las necesidades específicas de las minorías (de acuerdo con estimaciones de Pew Research Center, los musulmanes constituyen el 7.5% de la población francesa) con el fin de establecer políticas públicas que lleven a una progresiva integración, se oculta la dificultad de este proceso bajo una pretendida y autocondescendiente invocación a la igualdad automática de todos los ciudadanos a través de la preservación inconmovible de la laicidad del Estado francés.

Con respecto al último argumento, y en contra de lo que es una opinión muy extendida, las mujeres también deciden usar estas prendas como un acto de autoafirmación, y no porque se encuentren atadas a un culto que profesan y que les exige sumisión. ¿Por qué pensar que estar casi desnudas es “más liberador” que estar más cubiertas? El punto es que no existe un criterio objetivo que tenga como indicador al vestido que pueda medir el grado de libertad percibido por las mujeres. Así como para algunas no usar brasier resulta liberador, para otras, usar un velo que cubra el cabello puede generar el mismo efecto enfatizando que su “femineidad no está disponible para el consumo público”).  Por lo tanto, lo mismo puede decirse del uso del bikini y del burkini. ¿Cuál garantiza un mayor empoderamiento de la mujer? Pues, por sí solos, los dos y ninguno a la vez. Depende de las expectativas y concepciones individuales, así como del contexto en el que se desenvuelve y que cumple un rol condicionante, pero no determinante.

Por lo tanto, regresamos al tema de la identidad y a la pregunta que configura el núcleo de la cuestión. Lo que se desprende de ello es que habrá quienes sean “naturalmente” más franceses que otros: las minorías, entrampadas en sus propias limitaciones, se encontrarán siempre en desventaja. Cada sociedad construye sus propios mecanismos de diferenciación, con lo que se pretende establecer una barrera entre un nosotros y un ellos. De esta manera, se formula un discurso que afirma la supuesta colisión entre ser francés y musulmán. Apelar a la laicidad y a una proclamada igualdad resulta un recurso fácil que oculta las complejidades de los procesos de integración de determinados grupos minoritarios. Quizás sus aportes para la convivencia social sean cuestionables, pero no así los réditos políticos que pueden obtenerse de su explotación, y ad portas de un escenario electoral, se espera que este se convierta precisamente en uno de los principales temas de campaña que mayor influencia ejerza entre el electorado.

(Imágen: The Guardian)

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