El recelo, el desprecio y el rechazo hacia los extranjeros no son conductas atípicas. En realidad, responden a mecanismos sociales de construcción de identidad: formamos una imagen propia como comunidad a través de una visión compartida de aquellos que no consideramos como “nosotros”. Por lo tanto, el discurso y las actitudes xenófobas que apreciamos en la actualidad no son algo inédito. Y, por supuesto, su aprovechamiento político, tampoco. Así, el encumbramiento de políticos que enarbolan con particular ímpetu la bandera de la xenofobia en Estados Unidos y en Europa nos recuerda que la historia no va en una sola dirección.

Pero si bien dichas conductas difícilmente lograrán erradicarse, sí es posible intentar desmontar algunas de las premisas que las sostienen. Y una muy importante en este caso es la asociación presuntamente existente entre extranjeros (inmigrantes-refugiados) y criminalidad o terrorismo: hay una creencia muy arraigada de que los extranjeros cometen crímenes o actos violentos con mayor recurrencia que los nativos o la población local. Pues, más allá de sus efectos reales en la sociedad, la evidencia empírica no parece respaldarla.

Revisemos, en primer lugar, algunas percepciones y actitudes de los estadounidenses y de los europeos con respecto a los extranjeros. Según una encuesta llevada a cabo por Pew Research Center en setiembre del año pasado, la mitad de los adultos en Estados Unidos piensa que la inmigración agrava el problema de la criminalidad entre la sociedad norteamericana. Por otro lado, en noviembre del año pasado, tras los atentados terroristas en París, un sondeo realizado por Bloomberg mostraba que un 53% de adultos en Estados Unidos decía no apoyar el programa de acogida para 10 000 refugiados sirios.

Entre el público europeo,  en general, el panorama podría no diferir demasiado. Así, de acuerdo con un reciente estudio de Pew, en la mitad de los 10 países de la Unión Europea en los que se realizó la encuesta, más del 50% de la población manifiesta preocupación ante la posibilidad de que el terrorismo se incremente con la presencia de los refugiados. No obstante, su visión en cuanto a la relación entre refugiados y criminalidad sería más positiva: menos de la tercera parte de los europeos sostiene que estos son más propensos a cometer crímenes en comparación con otros grupos.

Asumamos, ante todo, que el último año se registró un desplazamiento de población especialmente intenso a nivel mundial. De acuerdo con un reporte de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), hacia finales del 2015, 65.3 millones de personas se habrían visto obligadas a dejar sus hogares, de las cuales 21.3 millones serían refugiados, 40.8 millones, desplazados internos y 3.2 millones, solicitantes de asilo. Más de la mitad de los refugiados (54%) procederían solo de tres países: Siria (4.9 millones), Afganistán (2.7 millones) y Somalia (1.1 millones). Por lo tanto, se tratan de poblaciones que huyen de la violencia desmedida que asola estos países y que amenaza su seguridad y sus propias vidas. En cuanto a la migración, también se ha identificado un incremento importante en los últimos años. Según la ONU, el año pasado había un aproximado de 244 millones de migrantes en el mundo, un aumento de 41% con respecto al año 2000.

Entonces, el flujo creciente de extranjeros, ya sean inmigrantes o refugiados, podría haber generado mayor susceptibilidad en los países de acogida, cuyas poblaciones interpretarían su llegada como una invasión que podría poner en riesgo las dinámicas sociales locales. Por supuesto, este rechazo se entiende, también, en un contexto de incremento en la percepción de inseguridad a raíz de los ataques terroristas que han tenido lugar en los dos últimos. Pero si bien es necesario intentar comprender los factores que intensifican las conductas discriminatorias expresadas, también es preciso reconocer que estas relaciones son imágenes construidas sobre la base de premisas falsas. En cuanto a la asociación entre inmigración y crimen, numerosos estudios han señalado de manera sostenida que no se ha demostrado que la inmigración aumente la criminalidad y que, por lo tanto, no se puede afirmar que los inmigrantes cometan más crímenes que los nacionales o la población local. Incluso, se ha sugerido que la relación  podría ser inversa.

Así, un estudio del American Immigration Council destaca que entre 1990 y 2013 mientras que la población de origen extranjero en Estados Unidos creció de 7.9% a 13.1% y los inmigrantes indocumentados triplicaron su número de 3.5 millones a 11.2 millones, el crimen violento se redujo en 48% y los asaltos a la propiedad disminuyeron en 41%.   Y esto no solo ocurriría en Estados Unidos, pues según Sandra Bucerius, investigadora de la Universidad de Alberta, también en la mayoría de “países occidentales” se ha demostrado que la primera generación de inmigrantes usualmente no comete más crímenes que la población local (Sandra Bucerius. “Immigrants and Crime”. En Oxford handbook of Crime and Criminal Justice, 2011).

La evidencia tampoco confirmaría la creencia común de una relación entre refugiados y terrorismo. Un reciente estudio del Instituto CATO concluye que la probabilidad de que un americano perezca en un ataque terrorista cometido por un extranjero en un periodo de 40 años (1975-2015) es de 1 en 3.6 millones por año. En el caso de los refugiados, esta probabilidad sería aún más remota: de 1 en 3.64 mil millones por año, mientras que para los inmigrantes ilegales, sería la astronómica cifra de 1 en 10.9 mil millones por año. Así, a lo largo de este periodo, solo se habría identificado un total de 154 terroristas de origen extranjero en Estados Unidos, de los cuales 10 eran inmigrantes ilegales (6.5%) y 20 eran refugiados (13%).

No se trata de asumir que estas imágenes son producto exclusivamente de la ignorancia y de la poca sensibilidad de sociedades incapaces de generar empatía hacia poblaciones que experimentan situaciones tan difíciles en sus países de origen que se ven impulsadas a desplazarse hacia otros lugares en búsqueda de seguridad y de mejores oportunidades. En ese sentido, resulta más útil intentar comprender cómo se forman estas imágenes y de qué manera influyen en las conductas y en las elecciones políticas. Sin embargo, asimismo, es necesario remarcar que estas se basan en apreciaciones que, en muchos casos, carecen de fundamento, y se hace todavía más imperioso por las consecuencias que conllevan entre grupos minoritarios, generalmente, en condiciones de desventaja. Su potencial en términos políticos es evidente, y lo podemos ver en este momento: se convierten en el chivo expiatorio a través del cual se busca canalizar las frustraciones sociales. Lamentablemente, las imágenes no requieren de evidencias, ni de datos, ni de hechos, y nada nos asegura que su divulgación permita desmontarlas. Pero, como se señaló al principio, vale la pena el esfuerzo.

Imágen: Human Rights Watch

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