“Nadie es profeta en su tierra”, reza un conocido adagio. Y, al menos, en cuanto a popularidad entre los suyos, Shimon Peres no lo fue. No obstante, su falta de carisma y su escasa suerte en las urnas no fueron obstáculos para una de las más sobresalientes trayectorias que habían logrado sobrevivir: su vida se confunde con la historia del Estado al que vio nacer y que ayudó a levantar. Una pléyade de altos dignatarios, personajes del mundo de la política, medios de comunicación y celebridades de toda índole han expresado su pesar ante la gran pérdida que su reciente deceso conlleva para la humanidad, sobre todo, porque se habría tratado de un hombre que predicó la paz y actuó, consecuentemente, para conseguirla. Y es así que se ha recordado con insistencia su vital participación en las negociaciones que concluyeron en los acuerdos de Oslo, y que lo llevó a recibir, junto con los otros dos protagonistas, Isaac Rabin y Yasser Arafat, el Premio Nobel de la Paz en 1994.

Sin embargo, ante esta imagen de “predicador de la paz”, valga admitir que el balance de su dilatada trayectoria está teñida de una escala de grises que matizan la albura de dicha representación. Primero, porque muchas de sus acciones no se condicen con la imagen de alguien que fue un infatigable promotor de la paz. Así, algunas voces que dan matiz a este retrato se han referido a él como un “halcón” devenido tardíamente en “paloma”. Pero aun así, esta imagen podría continuar siendo simplista, pues expresa una visión recta, unidireccional y progresiva de su vida. Sería mejor, por lo tanto, entenderlo en su contexto y, sobre todo, al interior del grupo generacional al que perteneció y dentro del cual podría construirse su legado: el de los fundadores del Estado de Israel. Pero empecemos con el primer punto, de manera que se pueda reconocer por qué no es preciso hablar de una persona siempre inclinada a promover la paz. Para esto, revisemos 3 momentos importantes de su actividad política.

En primer lugar, tuvo una participación fundamental en el desarrollo inicial del programa nuclear israelí a mediados de la década de 1950. Según el historiador Avner Cohen, tres fueron las figuras centrales que dieron impulso a esta empresa en el recientemente creado Estado: David Ben Gurion, primer ministro en el momento germinal del proyecto nuclear; el químico Ersnt David Bergmann, jefe de la Comisión Israelí de Energía Atómica (IAEL, por sus siglas en inglés); y Shimon Peres, director general del Ministerio de Defensa y encargado, desde 1955 hasta su renuncia una década después, de la supervisión del programa. (Avner Cohen, Israel and the Bomb, 1998, Cap. 1). Uno de sus principales aportes fue la conducción de las negociaciones con los franceses para lograr el acuerdo de colaboración que hizo posible la construcción del reactor de Dimona en el desierto del Néguev. De esta manera, resulta por lo menos cuestionable la manera en que la política de “ambigüedad” u “opacidad” nuclear tan característica del Estado de Israel (pues su gobierno nunca ha admitido expresamente que cuente con un arsenal de armas nucleares) pueda contribuir a fomentar la paz.

Por otra parte, se le ha vinculado repetidas veces con el establecimiento de los primeros asentamientos israelíes en los Territorios Palestinos Ocupados (TPO).  Durante el ejercicio de su cargo como Ministro de Defensa en el primer gobierno de Rabin (1974-1977), se establecieron algunos asentamientos como los de Elon Moreh, Kedumim, Ofra y Ari’el (ver ubicación de los asentamientos en el mapa interactivo elaborado por la ONG B’TSELEM). Shlomo Ben Ami es bastante contundente en sus imputaciones al señalar que Peres efectivamente, consintió y defendió el establecimiento ilegal de población israelí en Cisjordania. En su libro Scars of War, Wounds of Peace, hace referencia a algunas de sus presuntas intervenciones durante una reunión del gabinete ministerial que darían cuenta de esta posición: “[…] Jews have a fundamental right to settle everywhere”. “What kind of peace is this that prevents 15,000 Jews from living beyond the Green Line?”. Such a peace would be a farce. The injustice that we are doing the Arabs by confiscating their lands pales against the injustice they did to us by denying us peace for so many years”. (pp. 150-151). Si bien su grado de responsabilidad en el consentimiento mostrado por el gobierno ante la construcción de los asentamientos puede ser discutido,  así como su apoyo a esta forma de ocupación, por lo menos puede afirmarse que formó parte de una administración que lo permitió.

Otro hecho que permitiría matizar la imagen de Peres como un hombre de paz es su responsabilidad en la operación “Uvas de la Ira” (Grapes of Wrath) contra Líbano en abril de 1996- después, incluso, de haber recibido el Nobel. Al ocupar en ese momento el cargo de Primer Ministro- en reemplazo de Rabin- podría, por lo menos, atribuírsele responsabilidad política por las violaciones al DIH cometidas por parte del ejército israelí durante la intervención, entre las que destaca el ataque contra un recinto de la ONU en Qana, donde murió más de un centenar de refugiados libaneses (ver informe de Amnistía Internacional sobre la operación). Precisamente refiriéndose a este hecho, el reconocido periodista Robert Fisk sostiene en un reciente artículo que él iba a contracorriente de las expresiones escuchadas alrededor del mundo con motivo del deceso de Peres: “When the world heard that Shimon Peres had died, it shouted ‘Peacemaker!’ But when I heard that Peres was dead, I thought of blood and fire and slaughter”.

Entonces, la imagen de Peres como promotor de la paz se ha sostenido, sobre todo, en el rol central que cumplió durante las negociaciones entre la OLP y el gobierno de Israel que condujeron a los acuerdos de Oslo. Aun cuando se ha reconocido que aquel fue el momento en el que con mayor claridad se vislumbró un futuro fin al largo conflicto palestino-israelí, también es necesario admitir la realidad sobre la que se basó. Los acuerdos se lograron al descartar de la mesa de discusión aquellos temas que constituyen el núcleo duro del conflicto: el derecho de retorno de los refugiados palestinos, los asentamientos, el estatus de Jerusalén Este y la cuestión de los límites. Es decir, se trató de un conjunto de acuerdos que establecían los primeros pasos que debían llevar a entablar negociaciones para eventualmente llegar a una solución definitiva acerca del estatus final. Así, con todo el potencial que se atribuyó a este entendimiento para una futura solución, no estableció garantías de que, en algún momento, se llegara a satisfacer mínimamente las expectativas de una de las partes.

Entonces, Shimon Peres no fue la “paloma” que muchos han querido ver en él. Tampoco fue el “halcón” convertido en “paloma” que otros han destacado. Pero tampoco me atrevería a juzgar que fue principalmente un “halcón”. Ante la facilidad con la que normalmente se pretende establecer juicios sobre el legado de un personaje, es necesario considerar que este debe entenderse dentro la generación a la que perteneció, y en su caso es claro que fue parte del grupo de fundadores del Estado de Israel. Así, compartió su marco ideológico, su visión del mundo, sus aspiraciones y temores, y actuó de acuerdo con todo ello. Peres no fue ni más ni menos que ese conjunto de hombres que se decidió a construir un Estado, a defenderlo, a garantizar su seguridad y su éxito. No fue mejor y no fue peor que aquellos que se comprometieron con el cumplimiento de la aspiración de constituir una patria judía. Comencemos por asumir esto como base para un balance de su legado: más allá de una “paloma” o de un “halcón”, Peres fue un hombre de su generación.

(Foto: americadigital.pe)

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