Hace dos semanas tuve la oportunidad de asistir como becario al European Forum Alpbach en Austria. Podría hablar de muchas cosas que se dijeron allí que son relevantes para Latinoamérica y su futuro, pero quiero hablar en particular de algunas lecciones que podríamos tomar de Yanis Varoufakis, quien se enfrentó a los poderes de la Unión Europea (no democráticos, por cierto) y fue retirado de un ministerio por ello.

Varoufakis fue ministro de finanzas en Grecia durante el 2015, y se ha definido a sí mismo como un extremista (de izquierdas) y como un “marxista errático”. Formó parte del gobierno de Alexis Tsipras, con el partido Syriza, de extrema izquierda (aunque no todos están de acuerdo en llamarlo así, especialmente considerando las alianzas que construyó y los miembros que recibió), hasta su renuncia, motivada por su rechazo a aceptar un nuevo préstamo para Grecia (el tercero) con políticas de austeridad que impedirían la devolución del capital.

Pero no es momento de hablar de la historia de Grecia, o de la biografía de Varoufakis, sino de lo que éste representa para el discurso económico-político del mundo: un pensamiento fuera de la caja comúnmente silenciado por ir en contra del discurso mainstream y de la ortodoxia liberal.

Agruparé las ideas que Varoufakis presentó en el foro bajo tres puntos:

a. Nuestras tecnologías económicas no pueden resolver problemas que son políticos.

No existe dinero “a-político” en este mundo. Varoufakis explicó en California (en Google, para ser exactos) cómo los problemas generados a partir de la crisis del 2008 (cuyas raíces se extienden a la década de los 90’), relacionados con desempleo e inflación (hablaré sobre otros problemas luego) no pueden solucionarse solo con mejores tecnologías (como el dinero digital), sino que requerirán siempre la aplicación de medidas políticas.

Para Varoufakis, la única forma de lograr y mantener un crecimiento verdadero es mediante un control, hasta cierto punto, del dinero y su producción. De lo contrario, podemos tener un crecimiento falso o estancamiento (el control sobre el dinero es lo que ejercen los Bancos Centrales, como el BCRP en nuestro país).

Su argumento relativamente simple: el control sobre la oferta de dinero siempre será político, porque afectará a algunos grupos más que a otros. La única forma decente y legítima de hacerlo es, por supuesto, a través de un proceso político transparente. Dicho proceso, en el Perú, no existe. Lo que nos lleva al segundo punto.

b. Las relaciones entre poder político y económico deben cambiar

El surgimiento del capitalismo moderno surgió por y con una separación entre las esferas política y económica. La democracia (originalmente, una democracia que distinguía brutalmente entre hombres y mujeres, blancos y negros, ricos y desahuciados, etc.) solo se mantuvo en la esfera política, mientras que la economía (el mundo corporativo) se mantuvo libre de democracia. Pero la separación entre ambas esferas se ha convertido en la oportunidad de que la esfera económica intente la colonización de la política, y un cambio de locación del “verdadero” poder. La solución es la reunificación de ambas esferas.

Pero, ¿no fue este el fracasado proyecto soviético? Sí y no. Es verdad que el comunismo del siglo pasado buscó la reunificación de las esferas política y económica, pero nunca logró (y, muchas veces, nunca intentó) la democratización de la resultante combinación. Junto con las nuevas tecnologías, que podrían extinguir la mayor parte de formas de empleo actuales, las lecciones del siglo pasado y nuestros avances en gobernabilidad, nos permiten una transición pacífica a una democratización de la economía. Varoufakis, en el video al cual se puede acceder en el link de arriba, compara este futuro con la utopía de Star Trek. Lo cual me lleva al siguiente punto.

c. Debemos repensar las utopías.

En cualquier debate sobre cómo deberíamos construir nuestras sociedades, una de las armas más poderosas es la de catalogar a la oposición como proponiendo un sueño, una utopía, irrealizable dadas las condiciones del mundo y del ser humano. Los jóvenes, que casi siempre estamos en el lado idealista del espectro, somos los blancos más comunes de esta acusación.

Frente al statu quo económico, siempre se afirma que reconfigurar una sociedad, como lo que mencioné en el punto anterior, descansa sobre premisas utópicas sobre la naturaleza humana. Hablar de cooperación, de responsabilidad, de asistencia mutua, de compasión, y colocar estas ideas como pilares de cualquier forma social es contestado rápidamente con que la naturaleza humana es de tal forma que lo impide, que es poco altruista (i.e., que somos fundamentalmente egoístas). Hay tres formas de responder este argumento. La primera es rechazarlo señalando que la naturaleza humana no es así. La segunda es cuestionar el concepto de una naturaleza humana independiente de la estructura social, alternativa que yo prefiero. Finalmente, la posibilidad de replantearnos qué es lo verdaderamente utópico.

Hoy en día, es utópico (casi esquizofrénico) pensar que podemos mantener los mismos niveles de producción sin alterar drásticamente la atmósfera. Y no hablamos de un  poco más de calor, ni de cientos de años para ver los efectos. Estamos hablando de drásticos cambios, que podrían dejar regiones enteras del mundo inhóspitas (España e Italia), y dentro de la próximas dos generaciones. ¿Es utópico pensar que podemos alterar nuestros patrones de desarrollo, por ejemplo, quitando el crecimiento de nuestra lista de prioridades? ¿No es más utópico pensar que podemos continuar con el rumbo actual?

Por otro lado, si hoy en día sabemos que la desigualdad genera estancamiento e inestabilidad económica, como fue apreciado por un estudio de la OECD (y ha sido señalado por The Economist, que no es precisamente de izquierdas), revela una enorme dosis de idealismo (o estupidez, o maldad) el seguir repitiendo los mismos mantras de que la desigualdad no es realmente un problema que debamos atacar frontalmente, que no necesitamos, en suma democratizar la economía. Dichos dogmas son familiares en nuestro medio.

Por ello, la cuestión está en no tener miedo de repensar los dogmas centrales de la economía-política de la cual se habla en el Perú y en el mundo. Traigamos sobre la mesa temas que no son nuevos, pero que deben ser repetidos, como que la inversión en la investigación y desarrollo de nuevas tecnologías en energía nos debe hacer repensar el rol del estado no solo como corrector de mercados sino creador de mercados nuevos donde estos son necesarios, como lo fue en EE.UU. con el internet, las pantallas táctiles y el GPS. Traigamos sobre la mesa temas como el salario básico universal, y el conflicto que existe entre la democratización de la economía y la economización de los poderes políticos. Incluso, podríamos dar un paso más atrevido, y proponer la moralización de la economía, no para hacerla moral, sino, por lo menos, más moral.

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