Con motivo de la realización de referéndums nacionales de gran repercusión, que conllevan efectos trascendentales para el país- como los recientes en el Reino Unido y en Colombia-, se ha reflexionado mucho sobre si, en principio, el ejercicio de esta forma de democracia directa es una buena idea. En los extremos del espectro se encuentran, por un lado, los defensores a ultranza que lo consideran una herramienta legítima de expresión popular y que destacan que es esta condición la que debe prevalecer sobre sus defectos. En el lado opuesto están quienes resaltan en mayor medida sus limitaciones y las dificultades que pueden suponer para la implementación de importantes políticas de Estado.  Pero, si es que la hay, quizás la respuesta no apunte a uno u otro lado, sino a una seria consideración de dos aspectos: si el tema en cuestión lo amerita, y si lo hace, la forma en la que debería implementarse.

Hay que admitir que las críticas esbozadas por quienes cuestionan sus aportes a la democracia son válidas. Así, un reciente artículo publicado en el New York Times revisaba algunas de ellas para sustentar por qué los referéndums no son tan democráticos como pretenden ser. En primer lugar, para su decisión, los votantes suelen elegir “atajos”. Debido a que el asunto en cuestión puede resultar difícil de aprehender y, por lo tanto, puede ser complicado formarse una opinión clara al respecto, se elige por la vía corta, basando la elección en preferencias políticas preexistentes. De esta manera, la consulta se torna en mayor medida una evaluación del gobierno de turno y de la popularidad de los líderes políticos.

Un segundo problema sería la imposición de narrativas, que implica la necesidad de simplificar los detalles del tema en términos que puedan ser fácilmente comprendidos y recordados por el público. Así, la complejidad de la cuestión sometida a consulta se reduce a categorías que obstaculizan un examen más equilibrado y sobrio, polarizando al público.

Un tercer punto es que los referéndums se tratan menos de un trasvase del poder de los representantes al pueblo que un mecanismo para refrendar las acciones y decisiones tomadas casi enteramente por los líderes políticos.

Finalmente, otro inconveniente sería la gran volatilidad del resultado, que puede verse afectado por una serie de factores, desde la coyuntura política hasta el estado del tiempo el día de la votación.

Pero con todas las limitaciones que se puedan reconocer, quienes lo defienden férreamente anteponen, sobre todo, su elevada condición como una de las formas más elocuentes de expresión popular y de democracia directa. Efectivamente, ante decisiones importantes y de gran calado para la marcha institucional del país, resultaría conveniente y hasta necesario conseguir el aval popular que les otorguen legitimidad. Además, se alega que uno de sus presuntos beneficios es el estímulo que da a la participación ciudadana, al alentar el compromiso de la población con asuntos de importancia nacional. Aunque este punto es discutible. Un estudio de The Economist  publicado en mayo resaltaba que en Europa el nivel de asistencia ha disminuido ostensiblemente en las dos últimas décadas: mientras a inicios de los noventas se situaba en un 70%, en los últimos años la concurrencia llegaría aproximadamente al 40%. Y, por supuesto, esta falta de incentivo se pudo evidenciar también en Colombia hace unos pocos días, donde se registró un alto ausentismo en las urnas (poco más del 60% del padrón electoral).

Frente a las evidentes limitaciones y el supremo valor de la expresión popular, cabría preguntarse finalmente cuáles de estas consideraciones pesan más para establecer un criterio acerca de la función del referéndum en una democracia. Pues, como dije, creo necesario tener en cuenta dos aspectos. Primero, si es que acaso la decisión lo amerita. En el caso colombiano podría justificarse el llamado del presidente a que el acuerdo sea refrendado por el voto popular. Al fin y al cabo, el objetivo último es poner fin a un conflicto armado que ha comprometido a generaciones de colombianos y que ha afectado de alguna manera u otra la vida de toda la sociedad.  Pero lo mismo no se puede decir del referéndum convocado en el Reino Unido para determinar su continuidad en la Unión Europea, pues estuvo más motivado por razones políticas- Cameron lo convocó para atajar las críticas de un sector de los conservadores, así como para contrarrestar el reto que suponía la ultraderecha euroescéptica del UKIP- que por la existencia de un auténtico clamor popular para definir su situación con respecto a Europa. Por lo tanto, en algunos casos los referéndums sí pueden justificarse, pero en otros ciertamente resultan más herramientas para el juego político.

Otro aspecto importante a contemplar son los lineamientos específicos que adopta el referéndum. Aún cuando ciertamente debe garantizarse el derecho del pueblo a expresar su aprobación o rechazo a las decisiones tomadas por los líderes que lo representan, ante las patentes limitaciones de este instrumento, más vale establecer ciertas medidas que permitan amortiguar el impacto que un golpe en seco puede producir. En ese sentido, la implementación de mecanismos de controles y contrapesos (p.e. la elevación del umbral de participación y de la valla que determine la opción ganadora, o la refrendación del resultado en un segundo referéndum o en el Congreso) podría permitir sortear las contingencias y las consecuencias inesperadas que siempre pueden presentarse.

Puede haber algo de cierto en que hay que arriesgar para ganar. En ese sentido, convocar a un referéndum puede generar réditos excepcionales que excedan las expectativas. Pero en muchos casos también se trata de una apuesta peligrosa e incluso potencialmente mortal. Ante esto, debería optarse por tomar riesgos calculados para limitar las pérdidas y extraer la mayor ganancia posible. Prescindir de un plan alternativo es, en general, una mala idea y arriesgar todo en un solo movimiento es algo que debe evitarse, por lo que garantizar algún control sobre el resultado es un aspecto que los jugadores más directos deben estimar. Después de todo, es una apuesta cara, cuyos costos salpicarán a muchos más que solo a ellos. Entonces, si el referéndum es una ruleta rusa será mejor saber elegir cuándo vale la pena arriesgar la vida o, de lo contrario, encontrar alguna forma de sortear la bala.


(Foto: laoferta.com)

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