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Tras el voto de Trump, por Gabriela Rodríguez Pajares

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Durante la prolongada campaña electoral para la presidencia de Estados Unidos, cada paso dado por Donald Trump que lo acercaba a la meta era visto por la mayoría de medios de comunicación, líderes políticos, analistas, académicos, así como por el mundo empresarial y financiero con una mezcla de escepticismo, preocupación y decepción. A pesar de ello, virtualmente toda esta cúpula de poder político, económico, social y cultural consideraba que el candidato republicano no lograría pasar la línea de llegada, que se quedaría por poco, pero que finalmente, en el último momento sería contenido por un “electorado consciente” que no le permitiría dar otro paso más. Cuando fue evidente que el electorado no reaccionó como esperaban y que Trump había conseguido ganar los suficientes votos electorales para ser reconocido presidente electo, la sorpresa, la incredulidad y la desilusión alcanzaron sus cotas más altas, y muchos dijeron haber abierto los ojos ante una realidad que se les escapaba: que la mayor democracia en el mundo es una “democracia enferma”.

En ese sentido, los simpatizantes del ahora presidente electo han sido retratados constantemente como una minoría de gente despreciable, que no representa lo que Estados Unidos es en realidad. Así, básicamente, fueron divididos en dos grandes grupos: el primero formado por gente “renegada” y “resentida” con un sistema que los ha desplazado a los márgenes; y, segundo, el de la auténtica gente despreciable conformada por un espectro que comprende desde conservadores racistas hasta grupos públicamente autodefinidos como neo-nazis. Los detractores de Trump podrán alegar diversas razones para sostener que la suya es una victoria pírrica: desde que Hillary Clinton ganó, aun cuando por un reducido margen, el voto popular; hasta denunciar los defectos del sistema de sufragio en Estados Unidos, que delega la decisión final, en última instancia, en un Colegio Electoral y no recae directamente en el voto popular. Pero nada de eso cambia un hecho tangible: Trump obtuvo, bajo el actual sistema y hasta el momento, los suficientes votos electorales para ser declarado ganador, desafiando la mayoría de encuestas y predicciones, que anunciaban de antemano una victoria de los demócratas. Esto conlleva una realidad concreta y a estas alturas innegable: Trump representa tanto lo que una parte significativa de la sociedad estadounidense es y piensa, como lo que no es y, asimismo, no piensa (en este caso, déjese de lado el alto ausentismo registrado, que alcanzó, según las estimaciones de U.S. Elections Project, un 43%).

En primer lugar, aquellos que se identifican a sí mismos como republicanos y acudieron a votar cerraron filas por D. Trump en, aproximadamente, la misma proporción que los demócratas lo hicieron por H. Clinton. Por supuesto, no cabe sostener que los republicanos, como conjunto, apoyan íntegramente su discurso y aprueban su actuación, pero sí comparten la lealtad a su filiación partidaria. En este aspecto, el voto de Trump representa tanto lo que una parte del electorado es (republicano) en contraposición de lo que no es (demócrata), así como lo que piensa (pueden votar por Trump porque piensan como él, o, en su defecto, más allá de él mismo, comparten las ideas y valores del partido) y lo que no piensa (no consideran que los demócratas representen, de forma alguna, su visión del mundo).

Segundo, a pesar de que H. Clinton pudo ganar entre los grupos con mayor educación,  el apoyo hacia Trump no fue exiguo, pues según el análisis de Pew Reserach Center sobre algunas encuestas a pie de urna, este obtuvo 43%  de votos entre aquellos con por lo menos un título universitario, 9 puntos por debajo de los conseguidos por la demócrata. Por otro lado, los sectores con un  ingreso anual igual o superior a 50,000 dólares se inclinaron por D. Trump. Nate Silver- quien también predijo erróneamente una victoria demócrata- advertía en un artículo de mayo de este año, todavía durante el proceso de primarias, que en contra de lo que comúnmente se ha dicho, los partidarios de Trump no constituían, como bloque, la clase trabajadora con menores ingresos: “As compared with most Americans, Trump’s voters are better off. The median household income of a Trump voter so far in the primaries is about $72,000 […]. That’s lower than the $91,000 median for Kasich voters. But it’s well above the national median household income of about $56,000.”.

Esto genera una interrogante, ¿acaso Clinton fue tan mala candidata para no poder asegurar un apoyo contundente de estos sectores frente a un personaje como Trump? Porque, en este caso, podría por lo menos sospecharse de quienes sostienen que el voto a Trump constituye una suerte de voto de protesta en contra de la globalización y de la política tradicional. ¿Es que realmente aquellos grupos bien educados y con ingresos medios y altos tienen motivos para sentirse perjudicados por la globalización y “resentidos” con el establishment político hasta el extremo de votar por un candidato como Trump?

Puede esbozarse que la tendencia al secretismo de que tanto se acusó a H.Clinton, sus vaivenes a lo largo de su trayectoria como funcionaria pública, su más que evidente anhelo por perpetuar el apellido Clinton en la Casa Blanca o su carente capacidad de conexión con un público que busca ser conquistado le hayan suscitado una amplia antipatía entre el electorado, eso aunado a otras razones de fondo como el racismo o el machismo que permean el tejido social y que han sido persistentemente destacados como causas principales del gran rechazo que genera. Por otra parte, Trump podía resultar una figura más atractiva para el ciudadano medio. Se trata de un hombre que en términos económicos se diferencia extensamente de casi toda la población, pero no en el ámbito cultural: es un hombre con una forma de expresarse y con gustos que deben corresponder a una buena parte de la sociedad estadounidense. Así, pertenece a una élite económica, pero no política, ni intelectual. En otras palabras, y aunque supone un oxímoron, pudo ser visto como un estadounidense medio con mucho dinero.

En tercer lugar, aun cuando los latinos y afroamericanos apoyaron abrumadoramente a los demócratas, dicha movilización no superó las expectativas dadas las características particulares de una campaña en la que estos grupos fueron sistemáticamente agraviados por parte del candidato republicano. H.Clinton obtuvo una ventaja de 80 puntos entre los afroamericanos (88% a 8%), menor que la obtenida por Obama en el 2008 (91 puntos) y en el 2012 (87 puntos). Incluso entre los latinos, no consiguió la aplastante adhesión que se esperaba. Así, Trump obtuvo aproximadamente un 29% de votos dentro de este grupo, apoyo similar al logrado por Romney en el 2012 (27%) y por McCain en el 2008 (31%), mientras que la candidata demócrata, con un 65%, obtuvo un voto semejante al de Obama en el 2008 (67%), y claramente menor al conseguido por este en el 2012 (71%).

Es decir, a pesar de las ofensas constantes de las que fueron objeto, la preferencia de los latinos hacia los republicanos no varió sustancialmente, lo que nos lleva a considerar que estos grupos no constituyen bloques homogéneos: sus preferencias e inclinaciones están condicionadas por un conjunto complejo de factores, que exceden algún rasgo concreto de su identidad. Pensar que se trata de un conjunto sólido que piensa igual y, por lo tanto, actúa al unísono refleja más la visión estrecha de quienes lo creen que del grupo mismo al que pretenden comprender.  Adjudicar modelos de conducta a grupos de población determinados siguiendo características socioeconómicas y culturales puede inducir, como en este caso, a graves errores de cálculo.

Entre los múltiples análisis publicados sobre el resultado de las elecciones en Estados Unidos, se ha llamado la atención acerca de la ceguera de aquellos identificados como “líderes de opinión”, quienes vieron lo que quisieron ver, sin intentar comprender la complejidad de las dinámicas sociales que orientan las conductas políticas. Ciertamente, existe una actitud extendida entre estos sectores que lleva a sobreestimar su propia interpretación de la realidad. Nicholas Kristof resaltaba en un artículo publicado en New York Times hace unos meses que existe una pronunciada “intolerancia liberal” en la academia que limita las ventajas de la “diversidad ideológica”.  Pues bien, fuera del campus universitario, esa intolerancia también se manifiesta en el universo privilegiado de “líderes de opinión”. Donald Trump representa la diversidad de relaciones que tienen lugar en el complejo entramado social de un país enorme. De vez en cuando, esa diversidad tiene la oportunidad de salir a la luz y resulta una expresión clara de las muchas realidades que confluyen e interactúan en él.

(Caricatura: Marian Kamensky)

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