A dos meses del término de su segundo mandato y con motivo de su presencia en nuestro país para participar en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), resulta propicio reflexionar acerca del liderazgo del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y las implicaciones que ha tenido en la actual situación de Estados Unidos en el mundo. Más aún cuando ha coincidido en esta reunión con los líderes de países con los cuales Estados Unidos ha mantenido una larga relación conflictiva: Vladímir Putin, presidente de Rusia, y Xi Jinping, presidente de China.

Frente a la imagen de hombres fuertes de ambos gobernantes, Obama ha sido acusado de responder con lenidad ante diversas circunstancias que, de acuerdo con sus críticos, merecían respuestas más contundentes. En el caso de Siria, por ejemplo, estos alegan que la moderación de su reacción al no disponer una intervención militar en el terreno y el incumplimiento de sus advertencias a Bashar al-Assad con respecto a la “línea roja” que se atrevió a sobrepasar son contraproducentes pues genera una pérdida de credibilidad y de reputación que podría redundar en una disminución de su capacidad de disuasión ante las amenazas actuales y aquellas futuras que pudiesen presentarse. Pero, ¿esta preocupación se sostiene en fundamentos sólidos? ¿Es que acaso la contención de Obama, efectivamente, ha podido causar un efecto negativo en la imagen de Estados Unidos al proyectar vulnerabilidad?

Vale aclarar de antemano que de ninguna manera sostengo que Obama resulta una suerte de exponente máximo del pacifismo mundial. Ya anteriormente he cuestionado varios aspectos de su política exterior que dan cuenta de los grandes matices que caracterizan su administración como su condenable actuación frente al conflicto yemení, su disposición a continuar (y aumentar hasta su máximo histórico) la asistencia militar a un régimen con poco respeto por el Derecho Internacional como el israelí, o su  también reprensible disposición para ignorar las graves violaciones de derechos humanos cometidas por ciertos regímenes (como los de Uzbekistán o Arabia Saudita) a los que considera, sin embargo, sus aliados. Es decir, de ninguna manera creo que Obama es una paloma blanca en materia de política exterior. Pero tampoco se le puede señalar como un halcón cuyo instinto primario sea el empleo de la fuerza. En ese sentido, frente a dirigentes como Putin o Xi Jinping, Obama se situaría como un moderado.

Jonathan Mercer señalaba en un artículo publicado en el 2013 en la revista Foreign Affairs que suponer que la reputación de Estados Unidos se vería mellada por no cumplir con su promesa de atacar en el caso de que Bashar al-Assad empleara armas químicas contra la población civil no se sostiene en la evidencia histórica ni en la lógica, pues, en última instancia, es imposible tener una certeza exacta de la opinión que tienen los demás de nosotros, por lo que arriesgarse a entrar en una guerra para “salvar la reputación” resulta una necedad. Stephen Walt, en un artículo reciente, sigue la misma línea, desestimando el argumento de la afectación a la reputación o al prestigio para reclamar una intervención más directa de Estados Unidos en Siria.

Walt alega comprender a quienes apoyaban esta posición remitiendo a consideraciones humanitarias. Después de todo, es difícil ver cómo podría discutirse la necesidad de una acción que permita detener el baño de sangre que tiene lugar desde hace varios años en ese país. No obstante, sí cuestiona a aquellos que lo defienden atendiendo al impacto que puede producir en la imagen de Estados Unidos, y esto porque las muchas crisis en las que decidió no intervenir no han afectado sustancialmente su situación como la principal potencia en el mundo: “[…] like other great powers, the United States has repeatedly chosen not to intervene in many large-scale humanitarian catastrophes, but without anyone concluding that the country was growing weaker, lacked the will to defend its own interests, or was becoming a ‘pitiful, helpless giant’. Moreover, these previous acts of restraint did not have any significant impact on U.S. security, prosperity, or global standing: if anything, the United States was better off for having stayed out of many of these situations”. Y, en realidad, ante el funesto legado reciente de la intervención de Estados Unidos en esta región del mundo, podría suponerse que más ayuda no agravando una situación ya de por sí crítica, pues algo hay cierto: las cosas, aunque no parezca verse cómo, siempre pueden empeorar.

Por otro lado, y a contracorriente de quienes valoran la figura del hombre fuerte, vale la pena, por lo menos, preguntarnos de qué manera la popularidad internacional de la que goza Obama puede incidir negativamente en la imagen que proyecta Estados Unidos en el mundo. Y es que si algo queda claro es que con Obama esta ha mejorado después del bajón que supuso los primeros años del nuevo milenio, durante la administración de George W. Bush.

Un sondeo de la BBC World Service/GlobeScan realizado entre diciembre del 2015 y mayo de este año que comprendía una muestra de 18,313 adultos de 19 países indicaba que en 18 de ellos la mayoría de personas encuestadas estimaba positiva la doble elección de Obama en el 2008 y en el 2012. Más aún, la opinión favorable que se tiene de su gobierno se extiende a la construcción de una visión positiva de Estados Unidos en el mundo, tal como se afirma en un informe de Pew Research Center publicado en junio de este año (“During the Bush era, opposition to U.S. foreign policy and rising anti-Americanism were widespread in many regions of the world, but Obama´s election in November 2008 led to a significant improvement in America’s global image”). Y así, según este mismo sondeo, en 10 de 15 países en los que se llevó a cabo la encuesta, una mayoría consideraría que Estados Unidos sigue siendo tan poderoso e importante como lo era hace una década.

Por lo tanto, frente a quienes temen que la tendencia de Obama a no sucumbir a los más bajos instintos del empleo de la fuerza militar hubiese podido dañar el prestigio de Estados Unidos conviene aclarar que su preocupación no se sustenta en criterios objetivos y podría reflejar, en realidad su propia visión del mundo, por la cual proyectan a su interpretación de la realidad internacional los principios que deberían definir las relaciones interpersonales. Es decir, este clamor por un hombre fuerte que imponga su autoridad y cuide su reputación aun recurriendo a la violencia expresa claramente una visión patriarcal del mundo en el que las características de un líder deben coincidir con las características que atribuyen a la masculinidad. Si de algo deberían preocuparse es precisamente de evitar comprometerse en más escenarios conflictivos de los cuales les costará mucho (tiempo y dinero) salir, y que, en lugar de contribuir a los fines de preservar la seguridad nacional, por el contrario, coloca a Estados Unidos en una posición más vulnerable.

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