Después de las victorias del Brexit y de Donald Trump, los procesos de elecciones que tendrán lugar en Europa durante lo que queda de este año y a lo largo del próximo concitan gran interés. Estos han sido vistos como indicios claros de que lo que alguna vez supuso una amenaza latente, pero que se creía lejana- por ocurrir en ciertos países de Europa que alguna vez pertenecieron a la órbita soviética y, por lo tanto, con una larga tradición autoritaria-, se torna cada vez más en una característica común del escenario actual también en los países de Europa Occidental que se precian de su tradición democrática y liberal: la expansión y el fortalecimiento de los movimientos y partidos políticos de ultraderecha que enarbolan el populismo, la xenofobia y el racismo como instrumentos de lucha política. En ese sentido, para muchos, uno de los grandes retos en la actualidad es atajar la ola de populismos de ultraderecha que se proyectan con probabilidades de ocupar espacios cada vez más importantes en la política nacional y regional, y que podrían llegar a convertirse próximamente en gobiernos democráticamente elegidos.

Es en este contexto que en Francia se inicia un proceso de primarias marcado por una consigna clara: elegir a un candidato que permita contrarrestar a Marine Le Pen, líder del Frente Nacional, quien, según los pronósticos, tendría asegurado su pase a la segunda vuelta. Dada la extremadamente baja popularidad de François Hollande (alrededor de un 4%), que impacta negativamente las expectativas de los socialistas de competir en la segunda ronda, las miradas se han dirigido hacia los republicanos, cuyo candidato será el posible adversario de Le Pen. Ante el anuncio de la victoria de François Fillon en las elecciones que se llevaron a cabo el día de ayer, cabe discutir cuál de los dos candidatos que disputaban la segunda vuelta, el centrista Alain Juppé y el católico conservador Fillon, resultaría una mejor opción para frenar el avance del Frente Nacional.

A pesar de la disyuntiva que supone, este escenario no es inédito en Francia. Recordemos que recientemente, en el 2002, los franceses tuvieron que elegir en una segunda vuelta entre la centro-derecha de Jacques Chirac y la ultraderecha de Jean-Marie Le Pen. El primero derrotó estrepitosamente al segundo por un amplio margen, mayor a 60 puntos (82.21%-17.79%). Así, el voto de Le Pen se incrementó en menos de un punto (de 16.86% a 17.79%), mientras que el de Chirac pasó de 19.88% a 82.21% (+62.33), lo que implica que la exorbitante mayoría de votos dispersos durante la primera vuelta se concentraron y se erigieron en un bloque sólido para frenar al que consideraban el peligro mayor. En ese sentido, la segunda vuelta supuso la elección del “mal menor”, aún con todas las reticencias que el electorado a la izquierda de Chirac pudiera albergar.

Entonces, tomando como punto de referencia las elecciones del 2002, podría reflexionarse acerca del perfil del candidato que supondría un mejor competidor frente a una ultraderecha fortalecida. Aún cuando algunos podrían alegar que la moderación y la posición centrista de Juppé constituían activos importantes, pues habría tenido la capacidad de atraer con mayor facilidad el voto de la izquierda, también es posible considerar que, al mismo tiempo, dicha orientación centrista podría resultar perjudicial. Este segundo escenario debe tomarse en cuenta si se considera el análisis de Michael Laver, Kenneth Benoit y Nicolas Sauger sobre las elecciones del 2002. Según este estudio, el principal error de Lionel Jospin, candidato de los socialistas, fue moderar su discurso con respecto a la plataforma de su partido y orientarse notoriamente hacia un centro tugurizado, alejándose de sus bases. Así, Jospin desestimó una estrategia importante en los sistemas electorales que contemplan dos vueltas: la primera debe servir para asegurar el electorado que conforma las bases del partido y la segunda para expandir el campo electoral, al captar el voto restante que queda del descarte del bloque de candidatos de la primera vuelta.

Por lo tanto, Jospin jugó mal sus cartas, pues la moderación de su posición durante la campaña para la primera vuelta conllevó la disgregación del voto entre otros candidatos cuyas posiciones también los ubicaba más cerca del centro del espectro político. Chirac, por su parte, sí cumplió con esta condición, esgrimiendo un discurso que lo situaba incluso más a la derecha de la plataforma de su partido, asegurando, así, el apoyo del electorado conservador que constituía su base, lo que, en última instancia, implicó que consiguiera los votos necesarios para pasar a una segunda vuelta. En un electorado que, en general, tendía a converger hacia el centro, resultaba predecible que los votos flotantes se orientarían en masa hacia el candidato que menos se alejara de dicha ubicación, es decir, Chirac.

Siguiendo esta lógica, una presunta elección de Juppé habría supuesto una apuesta menos segura, sobre todo, teniendo en consideración un contexto diferente en el que la volatilidad del voto se ha convertido en un elemento constante del escenario político actual. Así, la coincidencia de la agenda política de Juppé con otros candidatos liberales de centro, como Emmanuelle Macron- quien ya ha anunciado su postulación a la presidencia como candidato independiente- podía llevar a una fragmentación del voto que pondría en entredicho, incluso, su capacidad para superar la primera vuelta. Y en el eventual caso de que lo consiguiera, podría, asimismo, suponer una debilidad ante una ultraderecha fortalecida, un electorado desencantado (según un sondeo reciente de Ipsos/MORI, un 89% de los franceses se encuentran descontentos con la situación de su país) y, aparentemente, más alejado del centro con respecto a 15 años antes.

Fillon, por su parte, con un perfil de liberal económico, conservador en lo social y duro en temas que se encuentran entre las principales preocupaciones de la sociedad francesa como la inmigración y los refugiados, constituiría una opción más segura, que permitiría asentar el voto de las bases conservadoras durante la primera vuelta, y atraería el voto de buena parte del espectro político durante la segunda: de la izquierda, el centro, la derecha e, incluso la ultraderecha que coquetea con las consignas del Frente Nacional pero que rechaza su retórica incendiaria y sus posiciones más extremas.

La elección de Fillon puede constituir, en última instancia, una mejor carta para los republicanos en su carrera para recuperar el Elíseo y para el electorado cuya primera consigna en estas elecciones es bloquear el acceso del Frente Nacional de Le Pen a la presidencia. Por supuesto, al mismo tiempo, su elección como la principal apuesta de la derecha y su alta probabilidad de ganar las elecciones implican también la “derechización” y la radicalización de la agenda política francesa, así como un endurecimiento en el tratamiento de problemáticas sociales de relevancia en este momento, como la seguridad frente a la amenaza terrorista o la política inmigratoria y de acogida a los refugiados. Pero si la prioridad es atajar la ola de populismo nacionalista que avanza con fuerza en Europa, una derecha ortodoxa sería vista como un “mal menor”, aun cuando, a la larga, pueda suponer asumir un costo muy alto con resultados que podrían no ser sustancialmente diferentes al del mal mayor que inicialmente se pretendía evitar.

Foto: eldemocrata.cl

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