El fallecimiento de Fidel Castro, como era previsible, ha conllevado múltiples reacciones entre las cuales no han abundado precisamente el análisis desapasionado y el juicio equilibrado. Se comprende que un personaje de su complejidad y cuyas acciones impactaron de diversas formas a generaciones enteras más allá de las fronteras de la isla suscite, asimismo, las más variadas respuestas. Así, por ejemplo, frente a las muestras de júbilo de un sector de la comunidad cubanoamericana de Florida, una respuesta más mesurada, también al interior de la oposición cubana, provino de las Damas de Blanco. Ya fuera porque en su caso la prudencia se justificaba más por su condición de oposición interna que podía ser objeto de las represalias por parte del gobierno o porque decidieron ser consecuentes con su alegato de que respetaban el duelo y no celebraban la muerte de ningún ser humano, se trató de una respuesta más prudente ante lo que, al fin y al cabo, fue, efectivamente, la muerte de un ser humano, muy al margen de la naturaleza de sus actos en vida.

Simpatizantes, detractores y actores diversos de la escena nacional e internacional han tenido algo que decir frente a la partida de quien, más allá del juicio con el que se le puede valorar, es reconocido como un protagonista clave de la historia reciente. Y es que su deceso conlleva implícitamente una evaluación de los efectos que tendrá para lo que constituye un factor fundamental en la política cubana: su relación con Estados Unidos. Así, muchos consideran que con Fidel expiró el principal o uno de los más significativos obstáculos en la democratización de la isla y en el proceso de normalización de relaciones con Estados Unidos. Otros, por su parte, alegan que el gobierno de Raúl Castro supone una continuación del régimen dictatorial implantado por su hermano y que no se ha dado cambios sustanciales que justifiquen el cambio de enfoque de la política estadounidense hacia La Habana.

Junto con la partida del líder de la revolución cubana, otro elemento se contempla en la proyección de las relaciones entre ambos países en los próximos años: la política que adoptará Donald Trump hacia Cuba. El presidente electo ha sido errático en sus declaraciones sobre la forma en la que piensa abordar esta materia, aún cuando en los últimos tramos de la campaña se decantó por un discurso más altisonante con el fin de que resultara atractivo a la comunidad cubanoamericana conservadora, posición que parece mantener desde entonces y que supone un mal augurio para la continuación del proceso de normalización de relaciones bilaterales anunciado en diciembre del 2014.

En ese sentido, hay que tener en consideración que un factor determinante en el giro que ha tomado la relación entre ambos países fue la voluntad de Estados Unidos de reorientar una situación que se tornaba estática por la incapacidad de ambos gobiernos de emprender pasos significativos. Así, William LeoGrande y Peter Kornbluh, en su estudio reciente sobre la historia de las negociaciones secretas entre Washington y La Habana (LeoGrande y Kornbluh. Diplomacia encubierta en Cuba, 2015), sostienen que una característica de estas negociaciones había sido la indisposición para adoptar actos unilaterales inmediatos e importantes que dieran cuenta de un auténtico interés por superar el entrampamiento en el que se había caído una y otra vez durante más de medio siglo.

Obama, luego de un comienzo vacilante, en su segundo gobierno decidió romper con el círculo vicioso del enfoque quid pro quo que había formado parte de la política oficial de Estados Unidos y que había resultado, a todas luces, tan ineficaz como el embargo. Esto es, en lugar de continuar con la línea de sus predecesores, que más allá de los cambios cosméticos en la retórica adoptada por cada administración había supuesto siempre la imposición de condiciones previas al gobierno cubano solo a partir de cuyo cumplimiento podían considerar retomar las negociaciones que llevaran a un restablecimiento de relaciones; Obama resolvió prescindir de dichas negociaciones condicionadas y del acercamiento gradual para llevar a cabo aquel “golpe de audacia” que se necesitaba para resquebrajar el anquilosado armazón formado en medio siglo de permanente colisión. Así, el golpe debía provenir fundamentalmente de Estados Unidos porque, además de ser, por mucho, la parte fuerte de la disputa, Cuba no había impuesto una precondición ante la cual podía resultar tan difícil transigir como la exigencia de un cambio de régimen. Y si se cuestiona el hecho de que Estados Unidos decida tolerar el carácter autoritario del régimen y las restricciones a los derechos y a las libertades de su población, habría que recordar que, en varios casos, estos no han supuesto impedimentos suficientes para el forjamiento de alianzas estratégicas.

Pero hay que tomar en cuenta, asimismo, que Obama podría no haber asumido este replanteamiento en su política hacia Cuba si es que no existiesen las condiciones para ello en el ámbito de la política interna. Pero el caso es que actualmente la hostilidad de la comunidad cubanoamericana a un restablecimiento de relaciones con el gobierno cubano se ha visto mitigada a partir de la disposición de los más jóvenes para asumir una posición más moderada y un juicio más sobrio con respecto a las generaciones mayores, en su mayoría, conservadores republicanos muy inflexibles en su oposición al régimen castrista. Es por ello que LeoGrande y Kornbluh alegan que la actitud de las sucesivas administraciones en Estados Unidos ha estado orientada en mayor medida por el interés político de atraer los votos electorales de un estado clave como Florida, lo que ha incentivado la perpetuación de una conducta hostil hacia La Habana.

Algunos indicadores dan cuenta de este cambio al interior de la comunidad cubanoamericana. Según la última encuesta anual de la Universidad Internacional de Florida a cubanoamericanos residentes en el Condado de Miami-Dade, el 81% de los encuestados considera que el embargo no ha funcionado “de forma alguna” (60.2%), o “no muy bien” (21.3%). De forma coherente con esta opinión, una mayoría (63.2%) aboga por ponerle fin y por expandir las relaciones económicas entre compañías estadounidenses y la isla (57%). Además, un 64% apoya la nueva política de Estados Unidos hacia Cuba iniciada por la administración Obama y un porcentaje similar (65%) se expresa en favor del restablecimiento de relaciones diplomáticas. En todos los casos, son las generaciones más jóvenes las que se muestran más dispuestas a la apertura de relaciones y que constituyen un apoyo más sólido al replanteamiento de la política estadounidense.

Es precisamente este cambio sustancial al interior de la política interna de Estados Unidos lo que supone, a mi parecer, la mayor esperanza en la continuidad del proceso inaugurado por la administración de salida, aún cuando el futuro no parezca tan promisorio dadas las declaraciones del candidato electo, así como la impericia e imprudencia que hasta el momento ha mostrado en cuanto a política exterior. Así, al contrario de lo que ocurría en el pasado, cuando el presidente de turno se veía impulsado a adoptar una posición inflexible para no afectar sus expectativas electorales y las de su partido, actualmente no parece existir ese incentivo en el mismo grado. Podríamos esperar, entonces, que Donald Trump revise sus últimas afirmaciones y decida continuar con el restablecimiento de relaciones.

De esta forma, la partida de Fidel nos lleva a reflexionar sobre la historia de las relaciones entre ambos países, y es precisamente esa reflexión del pasado lo que nos permite reconocer la particularidad de las circunstancias actuales. Fidel fue uno de los artífices en la formación del armazón que ha empezado a agrietarse. Su influencia ciertamente permanecerá, pero así como la historia se construyó con él, continuará construyéndose en su ausencia, modelada ahora por las nuevas generaciones que conforman el principal agente de cambio.

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