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Paradoja peruana: Morir de sed teniendo tanta agua

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Una de nuestras paradojas hace que seamos el 8vo país con mayor recurso hídrico renovable del mundo[1] y, al mismo tiempo, uno de los que más amenazados por falta de agua. En 2016, sufrimos la peor sequía de los últimos 30 años, tuvimos leyes controversiales sobre el uso y el derecho al agua[2] y 7 regiones estuvieron en estado de emergencia[3]. Siguiendo con las paradojas, el 70 % de la población y el 83% de la producción nacional se encuentran ubicados donde tenemos el 3% del agua (vertientes Pacífico y del Titicaca[4]). Y como si esto fuera poco, el 80% de las lluvias se precipitan en 3 meses del año y los glaciales, que funcionan como represas naturales, están desapareciendo producto del calentamiento global. Se prevé que esta situación, de estrés hídrico, empeore con el paso del tiempo, batiendo records de sequias y de conflictos entre la industria, la minería, la agricultura y las poblaciones. En el 2017 y en esta situación crítica sólo tenemos dos opciones: hacemos lo de siempre, es decir, nada y que último apague la luz, o atacamos el problema desde 3 frentes: urbano, rural y el de planificación responsable.

Las ciudades más pobladas y productivas se encuentran en la vertiente del Pacífico y tienen como abanderada de la ineficiencia hídrica, entre varias otras ineficiencias, a Lima. Luego del Cairo, nuestra capital es la segunda ciudad más grande del mundo construida en un desierto[5], por lo que deberíamos tener mucho cuidado con el uso del agua pero, como nos encantan los sinsentidos, hacemos todo lo contrario.  Lima consume más del doble de lo que la OMS considera necesario por habitante (con desigualdades extremas) y las fugas en nuestro sistema de canalización hace que perdamos hasta un 30% del agua distribuida. De forma general, no logramos conservar ni la mitad del agua que pasa por la costa – un tercio se va directamente al mar – y no reutiliza las aguas servidas por falta de plantas de tratamiento (peor aún, son vertidas al mar en el que nos bañamos y del cual nos alimentamos). Para cambiar esta situación, por un lado, tenemos que emprender grandes proyectos públicos y privados de captación, distribución y saneamiento, y, por el otro, tenemos que darle herramientas a la SUNASS[6] para controle mejor el trabajo de las EPS[7] y las JASS[8].

En el campo la situación también es radicalmente paradójica. Existen agricultores que siguen practicando el riego por inundación, además de pugnas por el control de las Junta de Usuarios de Riego y empresarios, como el congresista fujimorista Elard Melgar, que riegan sus tierras 10 veces más de lo autorizado[9]. Por estas razones, necesitamos que se aplique la ley de tecnificación de riego del año 2014 y así fomentar métodos ineficientes de riego, trabajar con pastos cultivados, continuar proyectos de reforestación como Sierra Azul y cobrar el real precio del agua que consumen los medianos y grandes agricultores. Con esta última reformase generaran incentivos monetarios suficientes para dejar de desperdiciar el preciado recurso hídrico. Por otro lado, tenemos la obligación social de ayudar a nuestros pequeños agricultores, guardianes de nuestras cuencas y de nuestra diversidad alimentaria, para que puedan combinar las eficientes técnicas ancestrales con la tecnología moderna.

Por último, y como es costumbre en nuestro país, lo que nos falta es orden y planificación estratégica. El control y la organización de nuestro territorio tiene que pasar por una visión de articulación por cuenca (como se hacía en la época prehispánica), por tener una gestión territorial que permita delimitar las mejores zonas para las actividades agrícolas, mineras, pecuarias y de silvicultura. También tenemos que planificar plantas de tratamiento en las grandes ciudades para poder reutilizar las aguas servidas en actividades productivas como el riego para la silvicultura. Lima y las otras ciudades costeñas podrían estar rodeadas de bosques productivos, rentables y eco-amigables. Así, tal vez, mejoraría en algo la contaminación de nuestro mar y de nuestros pulmones, y dejaríamos de tragarnos, un poco, nuestra propia mierda.

Es momento de reaccionar. Necesitamos entender que las imágenes apocalípticas de familias andrajosas, herrando hambrientas y peleando por agua no son ficciones hollywoodienses, sino una realidad que ha estado presente en los 3 conflictos armados más mortíferos del siglo 21: Darfur, Sudan del Sur y Siria[10]. Nuestro país tiene los recursos para revertir esta situación si planificamos a mediano plazo y tomamos las medidas necesarias en el corto plazo. En ese sentido, puede que el pragmatismo/utilitarismo del presidente PPK, que prioriza la inversión pública y privada antes que la defensa de principios (como defender a ministros y la institucionalidad partidaria), impulse la construcción de las infraestructuras necesarias para mitigar el riesgo de morir de sed teniendo tanta agua.

[1] Según la FAO

[2] El congresista Elard Melgar Valdez, su ley sobre las Junta de Usuarios de Agua y el proyecto de reforma constitucional para incluir el acceso al agua como un derecho fundamental.

[3]  Arequipa, Ica, Lambayeque, Moquegua, Piura, Puno y Tacna.

[4] Según ANA.

[5] El Río Nilo tiene en promedio un caudal 100 veces superior al Río Rímac.

[6] Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento

[7] Empresa pública de servicios de agua potable y alcantarillado

[8] Juntas Administradoras de los Servicios de Saneamiento

[9] Fallo de la ANA

[10] Estos 3 conflictos suman casi 1 millón de víctimas y millones de desplazados.

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