Home Economía y Política Actualidad De vuelta al Cole ¿Y quién se acuerda del bullying?

De vuelta al Cole ¿Y quién se acuerda del bullying?

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Este año más de 9 millones de niñas, niños y adolescentes han sido matriculados en el sistema educativo nacional y serán atendidos en alrededor de 110 mil Instituciones Educativas  por más de medio millón de docentes. El inicio del año escolar, siempre es motivo de emoción y entusiasmo para estudiantes y docentes, también es razón de preocupación para los padres de familia, por los gastos que ello significa. Pero en esta época del año, muy pocos o casi nadie toma en cuenta los episodios de violencia que se puede generar en las instituciones educativas, que son por excelencia, lugares de socialización y educación y  que profesan la protección de toda forma de violencia contra niñas, niños y adolescentes.  Si no se previene el acoso, y este es el momento,  puede amenazar no solo la seguridad emocional y física de estudiantes, sino también afectar de manera negativa su aprendizaje. Datos de la Encuesta de Relaciones Sociales, elaborada por el INEI y publicados a fines del año pasado, muestran que en el grupo de estudiantes de entre 9 y 17 años de edad, la mitad de ellos, si, uno de cada dos, fue, en los últimos 12 meses,  víctima de violencia de parte de sus  compañeros. Contaron que fueron víctimas de insultos, rumores, vejaciones, apelativos, aislamiento social, agresiones físicas, amenazas y coacciones. Estas situaciones, señalan los expertos,   pueden durar mucho tiempo si es que no se detiene antes de que comience.

La mencionada Encuesta, realizada por el INEI, proporciona información sobre la violencia psicológica y física en las Instituciones Educativas  que sufrieron niñas y niños de 9 a 11 años de edad y  adolescentes de 12 a 17 años de edad. Tres son las formas de violencia psicológica más comunes que relataron sufrir las y los estudiantes: (a) el hostigamiento, la más frecuente de todas, que incluye insultos, burlas, desprecio, apodos, comparaciones destructivas, ignorarlo o no hablarle, rechazarlo o difundir  chismes que lo hicieron  sentir mal, entre otros; (b) el acoso, la segunda en frecuencia, que comprende mensajes virtuales o escritos ofensivos, fotos o videos colgados en Internet o Facebook que lo avergonzaron,  romperle o esconderle sus cosas, encerrarlo en algún lugar (baño, salón de clase) entre otros  y (c) las amenazas de hacerle algún daño físico, de matarlo, de robarle sus pertenencias, amenazarlo con dar  muerte a su madre, entre  otro tipo de amenazas.

A su vez, las formas de violencia física de mayor reporte fueron dos: (a) los golpes, como cachetadas, cocachos, pellizcos, patadas, puñetazos, codazos, rodillazos, golpes con cuaderno, correa, soga, palo, piedra u otros objetos y (b) los  jalones o tirones de cabello u orejas.

Preguntadas las víctimas  sobre donde ocurrió la violencia física y psicológica, las respuestas más repetidas fueron, de mayor a menor frecuencia,  (a) en el salón de clases, (b) en el patio, (c) fuera del colegio, después del horario de clases, (d) en los pasillos o escaleras y (e) en los baños.

No todas las niñas, niños y adolescentes, víctimas de violencia, física o psicológica solicitaron ayuda, en el caso de las niñas y niños de entre 9 y 11 años de edad,  cuatro de cada diez  no pidió ayuda a alguna persona, el  complemento, seis de cada diez si lo demandó, en la mayoría de los casos, en los que se pidió ayuda,  la queja se hizo ante la  madre, en ese orden siguió la profesora, con menor frecuencia, el profesor, el padre, la amiga o amigo y la hermana o hermano. Las personas a las que se acudió por ayuda, mayormente llamaron la atención al agresor o agresora, en otros casos hablaron con el profesor o profesora, en otros se limitaron a consolarlo o le aconsejaron para  que se defienda o que los ignore.

En cambio, la proporción de  adolescentes  víctimas de agresión que pidieron  ayuda es menor, solo cinco de cada diez clamó por apoyo, aunque como en el caso de niñas y niños de 9 a 11 años, mayormente la demanda de amparo se hizo a  la madre, los personajes  a quienes se rogó por ayuda son diferentes,  los mayores protagonistas, en el caso de adolescentes víctimas  de agresión, que claman por ayuda son  amigas o amigos, siguen  los  auxiliare de educación,  las  profesoras, los  papás, los profesores y los hermanas o hermanos. Ellos, por lo general le recomendaron que se defienda o que los ignore,  o se limitaron a consolar  al adolescente, llamaron  la atención al agresor, conversaron con el agresor  o también hablaron con el auxiliar o tutor, en menor medida confrontaron a los padres del agresor y, en algunos casos, llegaron a  golpear al agresor.

Independientemente de si sufrieron o no violencia, consultados niñas, niños y adolescentes sobre cómo se sentían en su institución educativa, si bien la mayoría  declaró sentirse bien o muy bien, llama la atención que el 10% manifestó sentirse mal o muy mal. Es decir que uno de cada 10 estudiantes manifestó sentirse mal o muy mal en su Institución Educativa.

Las investigaciones y  estudios  de este tipo, revelan que el comportamiento de estudiantes es reflejo del ambiente que se viven en su hogar, expertos señalan que las niñas, niños y adolescente captan las vivencias, emociones, dificultades, tristezas y cualquier tipo de inquietes que se deriven de la familia, por tanto una niña, niño o adolescente que observa y padece la violencia en el hogar, probablemente la reproduzca en su institución educativa.

Al respecto, a través de la Encuesta de Relaciones Sociales se indagó, entre otras variables, sobre la violencia sufrida en el hogar en los últimos doce meses, encontrando que cuatro de cada diez niñas, niños y adolescentes  padecieron de violencia psicológica, violencia física o ambas. Las manifestaciones de violencia psicológica narrada por  niñas, niños y adolescentes  se expresaron a través de diferentes maneras como: insultos en el interior del hogar, verse excluidos  del grupo de amigos y amigas de su casa, verse amenazado  de recibir golpes. En tanto que la violencia física se expresó con jalones de cabello u oreja, cachetadas, nalgadas, patadas, mordiscos, puñetes, golpes con objetos como correa, soga, palo, entre otros.

Uno de los temas más interesantes de la Encuesta de Relaciones Sociales, realizada por el INEI,  está referido al capítulo relacionado con la tolerancia social sobre la violencia hacia niñas, niños y adolescentes, expresado en creencias, actitudes e imaginarios, formuladas en proposiciones simples, consientes o inconscientes, inferidas de lo que las personas dicen o hacen, como por ejemplo la creencia de que castigar físicamente a las hijas o hijos es adecuado para su desarrollo.

Así, 35 de cada 100 adultos, de 18 años y más de edad, se mostró de acuerdo con que el “Castigo físico tiene efectos positivos en la crianza de niñas, niños y adolescentes” y 42 de cada 100 adultos manifestó estar de acuerdo con que “El castigo físico puede ser bueno si se realiza sin lesionar a la niña, niño o adolescente”

A su vez, a través de la ya referida Encuesta, se encontraron actitudes  que contienen un alto componente afectivo y que orientan a realizar determinadas acciones, por ejemplo,  el 36% de las personas adultas manifestó estar de acuerdo con la afirmación de “Que los padres castiguen físicamente a sus hijos si se meten en problemas, mienten con frecuencia o cogen algo que no les pertenece” y el 25% manifestó estar de acuerdo con “Que los padres castiguen físicamente a sus hijos si salen de casa sin permiso de los padres o llegan tarde”. Siendo la encuesta muy amplia, tiene muchos temas que merecen una mayor profundidad en su análisis,  llamando también  la atención la existencia de algunos mitos  en la crianza de los hijos, por ejemplo,  el 33% de las personas de 18 y más años de edad, manifiesta concordar con la afirmación  de que “Cuando a las niñas, niños  y adolescentes  no se les castiga físicamente, se vuelven malcriados y ociosos”.

En consecuencia, ahora que nuestros estudiantes  regresan  colegio, es inaplazable la necesidad de prevenir el abuso en las Instituciones Educativas,  no solo exigiendo mayor celo de educadores, sino también cambiando nuestras  actitudes, creencias,  imaginarios y mitos en la crianza de nuestras niñas, niños y adolescentes.

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