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Mi hermano congolés y la Beca pro Paz del Rotary

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Durante los dos años que estudié en Estados Unidos, desde agosto del 2014, mi compañero de departamento fue Jean Lambert Chalachala, un médico de la República Democrática del Congo (RDC), especialista en VIH-SIDA, tuberculosis y ébola. Mientras Jean Lambert cursaba una maestría en Salud Pública en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, yo estudiaba Políticas para el Desarrollo Internacional en Duke University. Conocí a Jean Lambert porque estudiamos nuestras maestrías gracias a la Beca pro Paz del Rotary Internacional.

Contrario a lo que muchos podrían imaginar, una beca como la del Rotary para estudiar paz y la resolución de conflictos no es solamente digna de la madre Teresa de Calcuta. Entre los becarios (o “fellows”, como nos llaman en inglés), hay profesionales de varias especialidades y provenientes de realidades muy diferentes, pero todos comparten el compromiso por aliviar algunos de los problemas más graves de la humanidad. Hay quienes trabajan en asuntos directamente asociados con la paz, como mediación de conflictos o atención a refugiados, así como quienes lo hacen en otros temas para el desarrollo, como mejorando la salud y educación, fortaleciendo la democracia y gobernabilidad, entre otros. Así, por ejemplo, Jean Lambert enfocaba sus estudios en salud materno-infantil, y yo, en reducción de la violencia.

La Beca pro Paz calzaba con mis intereses desde varias miradas. Había trabajado siempre en temas sociales, con énfasis en juventud, desde Oxfam hasta CEDRO, pasando por la Universidad Cayetano Heredia y la Universidad de Lima. Además, cuando me acerqué al manejo y gestión de conflictos sociales, a partir de una consultoría, encontré desafíos no solo a niveles sociales, económicos y ambientales, sino también políticos. La transformación democrática de conflictos puede ser entendida como una forma de hacer política, pues siempre habrá que negociar, mediar y buscar equilibrios para el beneficio de grupos diversos, especialmente los más vulnerables. Finalmente, quería estudiar una maestría en políticas públicas que mejore mi capacidad para trabajar e incidir en el Estado. La Beca pro Paz cubría todas estas inquietudes.

Existen cinco centros para la paz del Rotary en el mundo en donde se puede estudiar maestrías, así como uno que ofrece un diploma de tres meses en Tailandia. El Duke-UNC Rotary Peace Center, que nos recibió a Jean Lambert y a mí, reúne, como símbolo de unidad, a dos universidades que suelen ser rivales en el deporte. Mientras que en Duke la beca solo financia la maestría que yo estudié, en UNC se puede elegir entre varias especialidades. Los otros centros para la paz están en Bradford, Queensland, Uppsala y Tokio. Cada centro tiene un énfasis en especial; por ejemplo, Uppsala acentúa la investigación, Queensland las relaciones internacionales, y Bradford los conflictos y la seguridad internacional.

Mi experiencia como estudiante fue excepcional. Aparte de los cursos estándar en maestrías de este tipo como análisis de políticas, economía y estadística, hubo cursos extraordinarios, como “Behavioral Economics for Municipal Policy”, con el profesor Dan Ariely, uno de los gurús en el tema hoy. También asistí a cursos de otras escuelas, como “Strategies for Sustainability” en Negocios, “Democracy and the Rule of Law” en Derecho, “Civic Engagement in a Changing Media Environment” en Ciencia Política. Y, dado que el Rotary exige a los becarios llevar una serie de cursos comunes sobre paz y la resolución de conflictos, Jean Lambert y yo compartimos aulas a lo largo de los dos años.

No exagero al afirmar que esta beca es una de las mejores del mundo. Si bien los beneficios económicos son “todo incluido” (universidad, gastos de vida, pasantía, pasajes ida y vuelta, etc.), los becarios tenemos varias facilidades más gracias al Rotary. Los rotarios locales son nuestros anfitriones: nos recogen del aeropuerto, nos alojan en sus casas hasta conseguir departamento, nos prestan muebles, etc. Pero, principalmente, nos hace sentir que somos una familia. Por otro lado, la experiencia internacional es de lo más valioso. Además de Jean Lambert y yo, en mi clase había becarios de siete países más. Durante el verano, todos debemos hacer una pasantía, por lo que estuve tres meses en la sede de “Nonviolent Peaceforce” en Bruselas, apoyando a la CEO en el planeamiento estratégico de la organización, que despliega civiles no armados para proteger otros civiles en zonas de conflicto como Sudán del Sur, Siria y Filipinas.

Pese a su nombre, el país de Jean Lambert no es ni una república ni una democracia. Según el Índice de Paz Global del 2017, la RDC ocupa el puesto 153 de 163 países, tocando fondo en inestabilidad política, conflictos armados, y crímenes violentos. Igual de triste es su posición en el Índice de Desarrollo Humano que, en el 2016, ocupó el puesto 176 de 188 países. Una vez, en clase, leímos que la esperanza de vida en RDC era 42 años; ese mismo año, Jean Lambert cumplió 43. Sin embargo, al terminar la maestría, regresó a su país, donde lo esperaban su esposa y sus tres hijos. De regreso al Perú, mi experiencia de vida con Jean Lambert y la Beca pro Paz me sirven para poner los problemas nacionales en perspectiva. Es cierto que tenemos una constante crisis política, debido a instituciones débiles, inequidades profundas e intolerancia sistémica. Pero, si miramos el vaso medio lleno, es igual de cierto que el Perú con libertades económicas y políticas que mi hermano Jean Lambert ni siquiera imagina alcanzar pronto en su país.

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