Cada vez que Bad Bunny anuncia un concierto en Lima, el resultado suele ser el mismo: entradas agotadas, alta expectativa y una respuesta masiva del público. Sin embargo, detrás de este éxito no solo hay música. Hay una estrategia clara de comunicación y marketing que convierte cada show en una experiencia que empieza mucho antes de que se enciendan las luces del escenario.
Una de las principales claves está en la forma en que se activa al público antes del evento. Acciones como la aparición de sillas blancas en distintos puntos de la ciudad, rápidamente fotografiadas y compartidas en redes sociales por los propios fans, funcionaron como disparadores de conversación y expectativa. Lejos de una promoción tradicional, estos símbolos despertaron curiosidad y permitieron que la audiencia se sintiera parte del relato desde el primer momento.
A esta activación previa se suma otro fenómeno que ha llamado la atención en Lima: la espera organizada de los fanáticos. Días antes de los conciertos del 16 y 17 de enero, grupos de seguidores comenzaron a acampar en los alrededores del Estadio Nacional para asegurar ubicaciones privilegiadas. Más allá de la logística, esta acción refleja un alto nivel de compromiso emocional. Para muchos, la experiencia del concierto empieza desde la previa, compartiendo la espera con otros fans y convirtiendo la anticipación en parte del espectáculo.
Durante el show, esa conexión se refuerza con elementos diseñados para involucrar directamente al público. Las pulseras luminosas sincronizadas, ya características de sus presentaciones, transforman a los asistentes en protagonistas del espectáculo. El estadio se convierte así en un solo cuerpo que vibra al mismo ritmo, generando una sensación de unidad y pertenencia que trasciende lo individual.
Por primera vez en el país, además, se incorpora “La Casita”, un segundo escenario de formato más íntimo que recrea una vivienda tradicional puertorriqueña. Este espacio introduce cercanía dentro de un evento masivo y refuerza un relato ligado a la identidad, el origen y la memoria cultural del artista, conectando desde lo emocional con el público.
“El éxito de estos conciertos se explica porque la experiencia no empieza cuando suena la primera canción, sino mucho antes. Cada detalle está pensado para generar emoción, comunidad y confianza. Esa coherencia es la que hace que el público responda y que los estadios se llenen una y otra vez”, señala Fiorela Mayanga, especialista en comunicación corporativa y docente de la Facultad de Comunicaciones de IDAT.
Los conciertos del 16 y 17 de enero en el Estadio Nacional consolidan a Bad Bunny como uno de los artistas de mayor convocatoria en el país. Más que un espectáculo musical, sus presentaciones se posicionan como una experiencia cultural completa, donde la música, la narrativa y la participación del público se combinan para construir una conexión sostenida con sus audiencias.