La caída de José Jerí no fue un accidente político. Fue la consecuencia directa de una conducción frívola del poder, de errores innecesarios y de una preocupante falta de criterio en el manejo de la investidura más alta del país.
José Jerí llegó al poder en un contexto crítico para Perú: inseguridad creciente, desconfianza institucional y una economía golpeada por la inestabilidad. No heredó un escenario sencillo, es cierto. Pero precisamente por eso su responsabilidad era mayor. Tenía la oportunidad de marcar una diferencia, de demostrar sobriedad, transparencia y liderazgo. En lugar de ello, eligió la improvisación.
El episodio del restaurante —capucha, lentes oscuros y reunión fuera de agenda— no fue un simple error de imagen. Fue una falta de respeto a la inteligencia de los ciudadanos. Un presidente no puede comportarse como si estuviera huyendo de la prensa o actuando en clandestinidad. La política no es un juego de escondidas. Cuando quien gobierna adopta actitudes propias de alguien que tiene algo que ocultar, el daño no es solo personal: es institucional.
La defensa posterior fue aún más preocupante. Argumentos débiles, explicaciones que cambiaban según el momento y una narrativa centrada en minimizar los hechos en lugar de enfrentarlos con transparencia. No basta con decir “no hay delito”. La vara para quien ejerce el poder no es la del Código Penal; es la de la ética pública. Y en ese estándar, Jerí quedó corto.
La contratación irregular de personal, pagado en efectivo y fuera de planilla —aunque algunos la califiquen como “mala costumbre”— revela algo más profundo: normalización de prácticas opacas. Gobernar no es adaptarse a los vicios del sistema, sino corregirlos. Si otros congresistas lo hacen, peor aún; eso exigía liderazgo para cortar con esa cultura, no para reproducirla.
También se intentó construir la narrativa de que su gobierno “ponía orden” en Petroperú, que corregía relaciones con empresas extranjeras y que reafirmaba el alineamiento con Estados Unidos. Pero ningún discurso de orden resiste cuando el propio mandatario actúa sin orden en su conducta personal y política. La autoridad moral no se proclama; se ejerce.
Cuatro meses bastaron para evidenciar que no había estrategia sólida ni capacidad para sostener presión. En lugar de consolidar gobernabilidad, acumuló desgaste. En lugar de fortalecer la institucionalidad, la expuso al ridículo. En lugar de elevar el estándar, lo redujo a lo mínimo indispensable: “no es delito”.
Su salida podrá debatirse en términos jurídicos. Pero políticamente fue el resultado de una gestión débil. La verdadera irresponsabilidad no estuvo solo en quienes promovieron su censura, sino en él mismo, por no entender que gobernar exige disciplina, prudencia y coherencia.
En el Perú, el poder se ha vuelto efímero porque muchos creen que basta con ocupar el cargo. No basta. Gobernar implica sacrificio personal, transparencia radical y una conducta intachable. José Jerí tuvo la oportunidad de demostrar que era distinto. La desperdició. Y cuando un líder desperdicia la confianza pública, no puede sorprenderse de que el poder se le escape de las manos.

