La confrontación permanente, el cálculo electoral y la ausencia de sentido de Estado están empujando al país hacia una peligrosa normalización de la inestabilidad institucional.
El Perú parece haberse acostumbrado peligrosamente a vivir en crisis. Lo que antes habría provocado una reacción nacional hoy se ha vuelto parte del paisaje político: enfrentamientos constantes entre poderes del Estado y disputas por cuotas de poder. La inestabilidad ya no es una excepción; se está convirtiendo en la nueva normalidad.
La política peruana ha degradado el debate público hasta convertirlo en un escenario permanente de confrontaciones. En lugar de discutir reformas, políticas públicas o estrategias de desarrollo, el país presencia un espectáculo repetido de disputas políticas que poco tienen que ver con las necesidades reales de los ciudadanos.
El resultado es un Estado debilitado y una ciudadanía cada vez más desencantada. Cuando la política se concentra en la confrontación permanente y no en la solución de problemas, la confianza pública comienza a erosionarse. Y cuando esa confianza desaparece, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales.
Mientras tanto, los problemas reales del país siguen avanzando. La inseguridad ciudadana crece, el crimen organizado gana espacios y la economía enfrenta un entorno de incertidumbre que desalienta la inversión y limita el crecimiento.
La estabilidad institucional no es un concepto abstracto: es la base del crecimiento económico, de la confianza empresarial y del bienestar ciudadano. Ningún país puede aspirar a desarrollarse cuando su sistema político vive atrapado en conflictos permanentes.
Lo más preocupante es que el país parece estar acostumbrándose a esta situación. Cada crisis genera indignación momentánea, pero rápidamente pasa a formar parte de la rutina política. Esa normalización del conflicto es una de las señales más peligrosas para cualquier democracia.
La historia latinoamericana demuestra que cuando las instituciones se debilitan y la política pierde el sentido de responsabilidad, el desencanto ciudadano abre espacio para discursos radicales que prometen soluciones rápidas a problemas complejos.
El Perú necesita recuperar algo que hoy parece escaso en la política: liderazgo, responsabilidad y sentido de Estado. Persistir en el camino actual solo conducirá a un escenario de mayor incertidumbre, donde la democracia se debilita y el país pierde oportunidades de desarrollo.
Un país puede sobrevivir a muchos errores, pero difícilmente resiste indefinidamente la irresponsabilidad de su propia clase política.