Dr. Jorge Lazo Zúñiga
Durante décadas hemos intentado salvar la Amazonía combatiendo los síntomas mientras ignoramos la enfermedad. Hemos invertido millones de soles en programas de conservación, vigilancia, fiscalización y protección ambiental. Sin embargo, la deforestación continúa avanzando, la pobreza rural persiste, la informalidad se expande y la migración sigue desplazando a miles de amazónicos en busca de mejores oportunidades.
La pregunta es inevitable: ¿por qué los resultados siguen siendo tan limitados?
La respuesta es incómoda, pero necesaria. La deforestación no es el problema principal de la Amazonía. Es una consecuencia. La pobreza es una consecuencia. La informalidad es una consecuencia. La migración es una consecuencia. El verdadero problema es que gran parte de la Amazonía genera muy poco valor económico por hectárea.
Mientras una familia obtenga ingresos insuficientes de la tierra que posee, la presión económica para incorporar nuevas áreas de bosque seguirá existiendo. Ningún agricultor deforesta porque quiera destruir la naturaleza. La mayoría lo hace porque necesita sobrevivir. Cuando una hectárea no alcanza para sostener a una familia, la segunda hectárea aparece como una necesidad económica.
Por ello, la pregunta estratégica que debe responder el Perú no es cuántos árboles podemos proteger, sino cómo logramos que una hectárea amazónica genere más riqueza que la expansión sobre una nueva hectárea de bosque.
La experiencia internacional demuestra que la riqueza agropecuaria no depende de la cantidad de tierra disponible. Israel desarrolló una agricultura altamente competitiva en condiciones desérticas. Países Bajos, con apenas 41 mil km², se convirtió en uno de los mayores exportadores agrícolas del mundo. Chile multiplicó varias veces el valor de sus exportaciones agropecuarias mediante genética, tecnología y gestión. Ninguno de ellos se desarrolló ampliando significativamente su frontera agrícola; todos aumentaron el valor generado por cada hectárea disponible (World Bank, 2023).
Los estudios promovidos por el Banco Mundial para la Amazonía brasileña concluyen que el desarrollo sostenible de la región depende de incrementar la productividad de las áreas ya intervenidas y no de continuar expandiendo la frontera agrícola (World Bank, 2023). De manera similar, Climate Policy Initiative (2019) encontró que el aumento de la productividad agropecuaria puede elevar significativamente los ingresos rurales y reducir la presión económica sobre los bosques.
La lógica económica es contundente: cuando una hectárea produce más riqueza, disminuye el incentivo económico para abrir una segunda hectárea.
Sin embargo, existe una pregunta que pocas veces se formula en los debates sobre conservación: ¿cuánto ingreso necesita generar una hectárea para reducir realmente la deforestación?
La respuesta es fundamental porque permite transformar un discurso ambiental en una estrategia económica.
Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI, 2024), la pobreza monetaria sigue afectando de manera desproporcionada a las zonas rurales del Perú. A partir de dicha información y considerando los costos asociados a alimentación, educación, salud, transporte y reposición de activos productivos, una familia rural promedio requiere generar aproximadamente entre S/ 35,000 y S/ 50,000 anuales para alcanzar niveles razonables de bienestar económico.
Sin embargo, gran parte de las actividades tradicionales desarrolladas en la Amazonía generan ingresos muy inferiores a ese umbral.
Cuando una hectárea produce apenas entre S/ 2,000 y S/ 5,000 anuales, una familia con cinco hectáreas difícilmente supera ingresos de S/ 10,000 a S/ 25,000 por año. En estas condiciones, la expansión de la frontera agrícola deja de ser únicamente un problema ambiental y se convierte en una respuesta económica racional (World Bank, 2023).
El agricultor enfrenta entonces una decisión simple: producir más valor o incorporar más tierra.
La experiencia demuestra que cuando la productividad permanece estancada, la expansión territorial suele convertirse en la alternativa más accesible.
Por el contrario, investigaciones desarrolladas por el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE) muestran que los sistemas agroforestales basados en cacao, café y otros cultivos permanentes pueden generar ingresos significativamente superiores a los sistemas extensivos tradicionales, manteniendo simultáneamente cobertura arbórea y servicios ecosistémicos (Somarriba et al., 2013).
La diferencia entre ambos modelos no es solamente económica. También es ambiental.
La Tabla 1 muestra rangos referenciales de ingresos brutos por hectárea observados en diferentes sistemas productivos.
Tabla 1. Ingresos brutos estimados por hectárea y año
| Actividad Ingreso bruto estimado (S//ha/año) Agricultura tradicional de baja productividad 2,000 – 5,000 Café convencional 3,000 – 8,000 Cacao convencional 4,000 – 10,000 Café de especialidad 12,000 – 25,000 Cacao fino de aroma 10,000 – 20,000 Bioeconomía, nutracéuticos y cosmética natural 20,000 – 50,000+ |
Fuente: elaboración propia a partir de información de INEI, MIDAGRI, DEVIDA, CATIE y literatura especializada sobre sistemas agroforestales amazónicos.
Una familia que obtiene S/ 15,000 al año buscará expandir su superficie productiva para sobrevivir. Una familia que obtiene S/ 50,000 utilizando la misma área tendrá incentivos mucho mayores para conservar el recurso que sustenta su actividad económica.
Por ello, la meta estratégica de la Amazonía no debería medirse únicamente en hectáreas conservadas. Debería medirse en hectáreas capaces de generar ingresos familiares suficientes.
Desde una perspectiva económica, el punto de quiebre parece ubicarse cuando una familia amazónica logra ingresos superiores a S/ 40,000 o S/ 50,000 anuales utilizando la superficie que ya posee. A partir de ese nivel, la presión económica para seguir avanzando sobre el bosque comienza a disminuir significativamente.
Dicho de otra manera: la sostenibilidad empieza cuando una hectárea produce más riqueza que una nueva hectárea deforestada.
Pero aumentar los ingresos requiere transformar profundamente la estructura productiva amazónica.
Aquí adquiere relevancia el Modelo Estratégico de Rentabilidad Agropecuaria (MERA). Este modelo demuestra que la rentabilidad depende del nivel de conocimiento, tecnología, gerencia e inversión incorporados al sistema productivo. Actualmente, gran parte de la economía amazónica permanece concentrada en actividades equivalentes al escalón de menor rentabilidad: materias primas, extracción básica y commodities.
La estrategia hacia el 2050 debe impulsar una migración progresiva hacia actividades de mayor valor agregado: cacao fino de aroma, café de especialidad, camu camu, aguaje, copoazú, sacha inchi, nutracéuticos, bioinsumos, cosmética natural, biotecnología, genética tropical y propiedad intelectual asociada a la biodiversidad amazónica. Allí se encuentra la verdadera riqueza futura de la región.
La primera transformación debe producirse en la productividad. Ninguna economía agrícola ha logrado desarrollarse sin elevar sus rendimientos. Para ello existen tres factores estratégicos: genética, agua productiva y nutrición vegetal.
Una mejor genética puede duplicar o triplicar rendimientos. Una gestión eficiente del agua puede transformar la productividad agrícola. Una adecuada nutrición vegetal permite expresar el verdadero potencial de los cultivos. Cuando estos tres factores actúan conjuntamente, la rentabilidad crece de manera exponencial.
Existe además una paradoja que rara vez se menciona. La deforestación masiva termina destruyendo parte de la productividad que pretende crear. Leite-Filho, Costa y Fu (2021) demostraron que la pérdida de cobertura forestal altera los ciclos hidrológicos regionales, reduce las precipitaciones y termina afectando la productividad agrícola de la propia Amazonía.
La Amazonía necesita entonces una nueva ecuación de desarrollo:
Más productividad por hectárea.
Más valor agregado por tonelada producida.
Más conocimiento por unidad de biodiversidad disponible.
La ecuación final es extraordinariamente simple:
- Más productividad genera más ingresos.
- Más ingresos generan más bienestar.
- Más bienestar reduce la necesidad de deforestar.
- Menos deforestación permite conservar el bosque.
La Amazonía peruana no será sostenible simplemente porque la protejamos. Será sostenible cuando logremos que el bosque vivo genere más riqueza que el bosque destruido.
Mientras los ingresos por hectárea continúen siendo bajos, la pobreza, la informalidad, la migración y la deforestación seguirán creciendo. Pero si logramos elevar los ingresos familiares por encima del umbral económico que hoy obliga a expandir la frontera agrícola, la conservación dejará de ser una imposición y se convertirá en la decisión económica más inteligente.
Ese es el verdadero desafío de la Amazonía al 2050. Y probablemente también la mayor oportunidad de desarrollo económico sostenible que tiene el Perú en el siglo XXI.
Bibliografía
Climate Policy Initiative. (2019). Productivity for cattle ranching in Brazil: Improving efficiency while reducing pressure on forests.
Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI). (2024). Evolución de la pobreza monetaria 2014–2023.
Leite-Filho, A. T., Costa, M. H., & Fu, R. (2021). The southern Amazon rainfall regime: How deforestation affects agricultural productivity. Nature Communications, 12(2515). https://doi.org/10.1038/s41467-021-22840-7
Somarriba, E., Cerda, R., Orozco, L., Cifuentes, M., Dávila, H., Espin, T., Mavisoy, H., Ávila, G., Alvarado, E., Poveda, V., Astorga, C., Say, E., Deheuvels, O., & Suárez, J. C. (2013). Carbon stocks and cocoa yields in agroforestry systems of Central America. CATIE.
World Bank. (2023). A new development model for the Amazon region: Balancing productivity, inclusion, and forest conservation. World Bank Group.