Durante las últimas décadas, América Latina se compró la idea de que democratizar la educación superior era la llave maestra para salir del subdesarrollo. La premisa sonaba impecable: a más graduados universitarios, mayor riqueza, innovación y bienestar general. Sin embargo, la realidad terminó estrellándose contra la mesa. Países como Chile y Perú abarrotaron sus mercados laborales con credenciales académicas sin lograr, a cambio, un verdadero salto cualitativo en su productividad.
¿Dónde estuvo el silencio? El economista chileno Óscar Landerretche lo resume con precisión: a la región no le faltan profesionales; le faltan capacidades. Un diploma acreditado que alguien recibió una malla curricular; una capacidad le permite a esa misma persona resolver un problema que nadie antes supo destrabar. Cuando el cartón se vuelve el objetivo final y no la herramienta, la sociedad aprende a fabricar títulos en serie, pero olvida cómo producir valor real.
Este diagnóstico adquiere una urgencia crítica al examinar el tejido económico del Perú. Si en Chile la grieta está entre el aula y la industria, en el mercado peruano sufrimos un cortocircuito estructural agravado por la informalidad galopante, una inversión científica microscópica y un divorcio histórico entre las aulas y el aparato productivo.
La brecha científica y el abismo de la inversión
Para entender por qué el conocimiento no se traduce en desarrollo, basta con mirar la billetera de la investigación y desarrollo (I+D). Mientras las economías de la OCDE invierten, en promedio, un 2,7 % de su PIB en I+D —con el sector privado financiando casi tres cuartas partes de ese esfuerzo—, los números latinoamericanos palidecen.
Chile destina apenas un 0,38 % de su PIB a este rubro, y en el Perú la cifra cae a un escuálido 0,19 %. Puesto en términos sencillos: de cada cien soles que produce la economía peruana, apenas 19 céntimos se destinan a investigar, experimentar o crear tecnología propia.
Esta falta de recursos no es un detalle contable, sino un freno de mano estructural. Sin investigación local, las empresas prefieren importar tecnología empaquetada. La solución importada apaga el incendio del día a día, pero actúa como una caja negra: no enseña a la industria cómo mejorarla, adaptarla o generar innovación propia sobre ella. En la otra orilla, la universidad tradicional presiona a sus docentes para publicar artículos en revistas indicadas solo para inflar métricas de acreditación, en lugar de conectarlos con la resolución de los cuellos de botella tecnológicos o logísticos de las empresas de su entorno.
La paradoja peruana: Muchos cartones, pocas competencias
En el Perú, el abismo entre el cartón universitario y la competencia real cobra tintes trágicos. Según el informe de la OCDE sobre competencias (2026), el 51 % de los jóvenes peruanos de 25 a 34 años cuenta con educación universitaria completa, una tasa alta para el promedio regional. Sin embargo, el 58 % de ellos trabaja en puestos subcalificados o ajenos a su especialidad, al tiempo que el 65 % de las empresas declara que no encuentra el talento adecuado para sus operaciones.
Frente a este descalce, la clase política ha respondido con una demagogia irresponsable: convertir la educación superior en botón electoral y repartir universidades por regiones y provincias como si repartieran naipes. Esta masificación hueca se refleja en las aulas, donde no faltan docentes que pretenden dictar cátedra sobre gestión o negocios sin haber administrado jamás ni un carrito salchipapero. Prometer filiales e institutos a diestra y siniestra, con planas docentes divorciadas del mundo real, no genera competencias; engaña a miles de jóvenes que entregan años de esfuerzo a cambio de un título sin respaldo, mientras se esquiva el verdadero reto de estructurar una formación rigurosa, práctica e integrada a la producción.
El resultado es una masa de egresados que no encaja con las exigencias del mercado. Esto no significa que el profesional carezca de talento, sino que el sistema lo formó bajo esquemas teóricos obsoletos, desconectados del trabajo de campo y la resolución de problemas.
A este escenario se suma el rasgo distintivo de la economía peruana: la informalidad. Con un 72 % de la fuerza laboral en la informalidad y más del 86 % de las MYPEs fuera del radar tributario, absorber innovación resulta casi imposible. Un agricultor en los valles de Arequipa o un taller textil en Gamarra pueden requerir con urgencia optimizar el riego, controlar plagas o mejorar sus procesos de corte, pero su escala informal les impide financiar I+D, contratar especialistas o tocar la puerta de una universidad.
La distancia entre credencial y productividad se hace evidente al contrastar el mapa universitario peruano con experiencias globales. Mientras Israel se consolidó como potencia en agrotecnología atendiendo 450 mil hectáreas agrícolas desde un nodo universitario centralizado de excelencia articulado con la industria, el Perú mantiene cerca de 30 facultades de Agronomía para cubrir 7 millones de hectáreas (un promedio de 250 mil hectáreas por escuela). La lección israelí es contundente: la productividad no se logra multiplicando pabellones ni dispersando facultades por cálculo político, sino concentrando recursos de I+D y vinculando la ciencia con el campo. El Perú, en cambio, sufre la paradoja de la atomización: casi tres docenas de facultades que acumulan graduados en pizarras teóricas, pero permanecen desconectadas del salto tecnológico que su agricultura exige.
Construir puentes: De la teoría a los clústeres regionales
¿Cómo romper este círculo vicioso? Las naciones que dieron el salto no lo lograron duplicando el número de universidades, sino reconfigurando las reglas del juego. Silicon Valley no surgió por generación espontánea, sino porque Stanford abrió sus reglamentos para que profesores y alumnos fundaran empresas mano a mano con el sector privado. Australia, con un perfil minero similar al peruano, pasó de exportar mineral bruto a venderle al mundo software y soluciones tecnológicas aplicadas a la minería.
La propuesta de Landerretche para Chile -crear campus de innovación regional donde empresas, laboratorios y estudiantes resuelvan problemas locales en equipo- tiene un valor altamente estratégico para el Perú. No necesitamos levantar más burocracia ni infraestructuras vacías, sino articular ecosistemas regionales de innovación.:
- En la minería del sur: Desarrollar capacidades de vanguardia en automatización de operaciones, gestión eficiente del agua y mitigación ambiental.
- En el sector agropecuario: Diferenciar las estrategias. Mientras la gran agroexportación requiere biotecnología y agricultura de precisión, la mediana agricultura necesita digitalización accesible de bajo costo para ganar eficiencia, y la agricultura familiar exige riego localizado, biofertilización comunitaria y asociatividad técnica para superar la informalidad y proteger el patrimonio rural.
- En la pesca y acuicultura: Fomentar la investigación marina aplicada, la trazabilidad digital y el manejo sostenible de recursos.
Para que este engranaje camine, las empresas deben cofinanciar la investigación y codificar las agendas metodológicas, mientras el Estado garantiza estabilidad jurídica y fondos de coinversión atados a resultados verificables.
El valor del conocimiento en la era de la IA
En una época en que la Inteligencia Artificial procesa información y resuelve preguntas complejas en segundos, la simple acumulación de datos o el diploma colgado en la pared perdió su peso histórico. La verdadera competitiva de una persona -y de un país-ya no está ventaja en cuantas credenciales ostenta, sino en su capacidad para formular las preguntas correctas, adaptar soluciones a realidades concretas y ejecutar proyectos con eficacia.
El reto del Perú no es fundar más universidades ni inflar las estadísticas de graduados. El desafío real pasa por fortalecer la educación básica, formalizar el tejido productivo y construir puentes sólidos entre la academia y la industria. Solo cuando el conocimiento se ponga al servicio de la solución de problemas reales, el país dejará de coleccionar títulos para empezar a construir desarrollo verdadero.


