Dr. Jorge Lazo Zuñiga
Durante décadas, el Perú ha convivido con una narrativa políticamente poderosa pero económicamente equivocada: que Lima vive de las regiones y que, si el campo deja de producir, la capital colapsa. Ambas afirmaciones han servido como combustible ideológico para sostener discursos de confrontación territorial, pero resisten muy poco cuando se someten al análisis técnico. La economía no se sostiene sobre emociones; se sostiene sobre productividad, valor agregado y capacidad de transformación.
Los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) son contundentes. En 2024, Lima aportó el 42.4% del Producto Bruto Interno nacional (PBI), mientras Arequipa participó con 5.4%, La Libertad con 4.9%, Piura con 4.8%, Ica con 4.3%, Cusco con 3.9% y Puno con 2.2% (INEI, 2024). Esto significa que casi la mitad de toda la riqueza producida en el Perú se genera en Lima.
El dato, por sí solo, desmonta una primera falacia: Lima no es un parásito económico de las regiones. Por el contrario, Lima es el principal centro de transformación económica del país. La diferencia entre producir y transformar es la clave para entender este fenómeno.
Una región puede extraer gas, minerales o productos agrícolas; pero si esos recursos salen sin procesamiento, sin industrialización y sin sofisticación productiva, la captura de valor es limitada. La economía moderna no premia la extracción primaria; premia la transformación. Y ahí está la verdadera ventaja de Lima.
Lima concentra más del 55% de la manufactura nacional, más del 70% del sistema financiero, la mayor parte de la logística empresarial, comercio mayorista, servicios legales, aseguradoras, telecomunicaciones y educación superior (Banco Central de Reserva del Perú [BCRP], 2024; Superintendencia de Banca, Seguros y AFP [SBS], 2024). En otras palabras, Lima no solo mueve dinero: convierte recursos en valor agregado.
Ese es el punto que muchos discursos regionalistas omiten deliberadamente.
La riqueza no depende únicamente de lo que la naturaleza entrega, sino de la capacidad institucional y empresarial para convertirla en cadenas de valor complejas. Japón, Corea del Sur, Singapur y Suiza son ejemplos históricos de ello. No son potencias por abundancia de recursos naturales, sino por su capacidad industrial, tecnológica y de servicios.
En el Perú, el caso más ilustrativo es Ica.
Con menos de un millón de habitantes, Ica aporta 4.3% del PBI nacional, superando a Cusco, una región con gas, turismo global y minería (INEI, 2024). La explicación es simple: agroindustria tecnificada. Ica convirtió tierra en productividad, agua en exportación y conocimiento en rentabilidad. Entendió algo elemental: el recurso no es riqueza hasta que se transforma.
Cusco representa la paradoja opuesta. Posee Camisea, uno de los activos energéticos más importantes del país, además de una de las principales plataformas turísticas de América Latina. Sin embargo, después de más de veinte años de explotación gasífera, la región no ha desarrollado una gran industria petroquímica, ni cadenas de fertilizantes, ni clusters energéticos derivados. El recurso existe, pero la transformación no.
Y ahí emerge el verdadero problema nacional: el fracaso estratégico de los gobiernos regionales.
Desde la descentralización fiscal, regiones como Cusco, Arequipa y Puno han recibido miles de millones en canon y regalías. Solo Cusco ha acumulado más de S/25 mil millones por Camisea desde 2004 (Ministerio de Economía y Finanzas [MEF], 2024). Sin embargo, ese flujo extraordinario de recursos no se tradujo en plataformas industriales, innovación territorial ni infraestructura estratégica.
¿Por qué?
Porque buena parte de los gobiernos regionales han confundido gestión con gasto.
Su prioridad no ha sido construir competitividad, sino expandir burocracia. Más oficinas, más contratos, más personal administrativo, más consultorías y más clientelismo. La descentralización, en muchos casos, dejó de ser una herramienta de desarrollo para convertirse en una maquinaria de empleo político.
Y eso tiene un costo brutal.
Cada sol gastado en burocracia improductiva es un sol que no financia infraestructura logística, tecnificación agrícola, parques industriales o formación técnica. El resultado es visible: regiones ricas en recursos, pero pobres en productividad.
El viejo dicho de que “si el campo no produce, Lima muere de hambre” también necesita revisión. La economía del siglo XXI no depende de una sola geografía agrícola. El Perú importó más de US$2,800 millones en alimentos en 2024, incluyendo trigo, maíz, soya y lácteos (SUNAT, 2024). El abastecimiento ya no es exclusivamente territorial; es logístico.
Y la logística nacional tiene un centro neurálgico: Lima y Callao.
El puerto del Callao moviliza más del 50% del comercio exterior peruano (BCRP, 2024). Si Lima se paraliza, se detiene buena parte del comercio, distribución, abastecimiento y financiamiento nacional. La realidad económica moderna invierte completamente la vieja frase: no es que Lima dependa del campo; es que gran parte del país depende de la capacidad de Lima para articular mercados.
Esto no significa defender un centralismo político.
Significa reconocer un centralismo productivo.
Y ese centralismo no nació por decreto; nació porque otras regiones no construyeron las condiciones para competir.
El problema no es Lima.
El problema es que demasiadas regiones siguen creyendo que tener recursos es suficiente.
No lo es.
Los recursos son una oportunidad. La estrategia es lo que los convierte en desarrollo.
Mientras el Perú siga confundiendo presupuesto con productividad y burocracia con crecimiento, seguirá atrapado en el mito. Y el mito, cuando sustituye a la estrategia, siempre termina empobreciendo.
Referencia
Banco Central de Reserva del Perú. (2024). Reporte de inflación 2024. BCRP.
Instituto Nacional de Estadística e Informática. (2024). Perú: Producto Bruto Interno por departamentos 2007–2024. INEI.
Ministerio de Economía y Finanzas. (2024). Portal de transparencia económica: Canon y regalías 2004–2024. MEF.
Superintendencia de Banca, Seguros y AFP. (2024). Reporte del sistema financiero peruano. SBS.
Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria. (2024). Estadísticas de comercio exterior 2024. SUNAT.