Durante las últimas dos décadas, el Perú ha sido presentado como uno de los casos más exitosos de desarrollo agropecuario en América Latina. Las agroexportaciones pasaron de representar poco más de US$ 600 millones a superar los US$ 12 000 millones anuales, mientras que el valor de la producción agrícola y la incorporación de nuevas tecnologías permitieron posicionar al país entre los principales exportadores mundiales de productos como arándano, uva, palta, espárrago y quinua. Sin embargo, detrás de este éxito emerge una pregunta que la política pública nunca se ha formulado: ¿el crecimiento agrícola también ha fortalecido el desarrollo económico de los territorios donde históricamente se construyeron esas cadenas productivas?
Sorprendentemente, el Estado peruano no dispone de una respuesta. El país mide producción, rendimiento, exportaciones y productividad, pero no cuenta con un sistema que determine cuál es el territorio donde cada cadena agropecuaria expresa su mayor potencial biológico, económico, social y ambiental. En otras palabras, el Perú nunca decidió técnicamente qué debería producir cada región natural.
La paradoja resulta evidente. El Perú posee una de las mayores diversidades agroecológicas del mundo: 84 de las 104 zonas de vida identificadas por Holdridge, 28 de los 32 tipos de clima del planeta y ocho regiones naturales claramente diferenciadas, descritas magistralmente por Javier Pulgar Vidal. Pocos países reúnen semejante riqueza ambiental. Sin embargo, la planificación agropecuaria continúa organizándose principalmente mediante departamentos, provincias y distritos, cuando los cultivos responden a variables completamente diferentes: altitud, temperatura, radiación solar, disponibilidad de agua, características del suelo y biodiversidad.
Las plantas no conocen límites políticos, conocen ecosistemas.
Esta diferencia aparentemente simple explica por qué la investigación “Especialización Agroecológica Territorial del Perú” sostiene que una de las principales limitaciones estructurales de la política agraria nacional consiste en planificar el desarrollo utilizando fronteras administrativas y no territorios agroecológicos. Quienes deseen profundizar en este planteamiento encontrarán en dicho documento el desarrollo metodológico completo, así como la fundamentación técnica y bibliográfica de la propuesta.
El estudio identifica 118 líneas productivas prioritarias distribuidas entre las regiones naturales del país. De ellas, 91 corresponden a actividades agrícolas y 27 a actividades pecuarias. La Selva Alta concentra el mayor potencial identificado con 21 líneas productivas, seguida por la región Quechua (20), la Costa o Chala (19) y la Selva Baja u Omagua (18). En contraste, la Suni presenta una clara especialización en tubérculos y granos andinos, mientras que la Puna concentra la mayor aptitud para camélidos sudamericanos y sistemas pastoriles especializados. Paradójicamente, el Estado no dispone hoy de un Atlas Nacional de Especialización Agroecológica que oriente sus inversiones públicas sobre esta base.
La ausencia de esta visión territorial genera un problema mucho más profundo que una simple ineficiencia administrativa. Durante décadas se ha asumido que, si un cultivo puede producirse exitosamente en un nuevo territorio, entonces dicho territorio constituye automáticamente una mejor alternativa productiva. Desde el punto de vista agronómico, esta conclusión resulta incompleta. Gracias al mejoramiento genético, el riego tecnificado, la agricultura protegida y la mecanización, numerosos cultivos pueden adaptarse a ambientes muy distintos de aquellos donde evolucionaron originalmente. Pero adaptarse no significa expresar su máximo potencial económico ni garantizar el mayor beneficio para el territorio donde se establecen.
El caso de la quinua resulta particularmente ilustrativo. Hace poco más de dos décadas, la producción nacional se encontraba concentrada principalmente en Puno. Hoy el cultivo se desarrolla en 17 regiones del país y Puno continúa siendo el principal productor nacional, aunque con una participación cercana al 36,7 % de la producción total. El Perú ganó producción, diversificó su oferta y fortaleció sus exportaciones. Sin embargo, nadie ha estimado oficialmente cuánto valor económico dejó de capturar el territorio históricamente especializado como consecuencia de esa transformación de la geografía productiva. La investigación propone abordar esta interrogante mediante el Valor Territorial No Capturado (VTNC), un indicador metodológico diseñado para evaluar cómo se redistribuyen territorialmente los beneficios derivados del crecimiento agrícola.
Figura 1
Redistribución territorial de la producción de quinua y valor territorial no capturado: caso de Puno

Nota. El VTNC representa una estimación metodológica exploratoria y no una medición oficial de pérdidas económicas.
Fuente: Elaboración propia con base en MIDAGRI, INEI e investigación Especialización Agroecológica Territorial del Perú.
El problema no termina allí. Cuando un cultivo se desarrolla en ambientes menos compatibles con sus requerimientos ecológicos, la producción puede mantenerse mediante tecnología, pero frecuentemente a costa de un mayor consumo de agua, fertilizantes y productos fitosanitarios. Un estudio citado en la investigación documenta que, en determinados sistemas hortícolas del país, una sola campaña agrícola demandó entre 33 y 42 aplicaciones de plaguicidas en tomate y entre 36 y 45 aplicaciones en pimiento, reflejando la elevada dependencia del control químico en determinados sistemas productivos. La investigación no atribuye este comportamiento exclusivamente a la ausencia de zonificación agroecológica, pero sí plantea una reflexión de fondo: ¿cuánto podrían reducirse estos costos si la localización de las cadenas productivas respondiera también a criterios de compatibilidad agroecológica?
Figura 2
Relación conceptual entre la incompatibilidad agroecológica, la presión fitosanitaria y la dependencia del control químico

Nota. Caso documentado en sistemas hortícolas intensivos del valle de Chancay–Huaral; no representa el promedio nacional.
Fuente. Elaboración propia con base en Rodríguez-Quispe et al. (2023), FAO (2022) e IPPC (2021).
Esta pregunta adquiere especial relevancia en un escenario marcado por el cambio climático, la creciente escasez hídrica, el incremento del costo de los fertilizantes y las mayores exigencias internacionales en materia de inocuidad y sostenibilidad. El desafío ya no consiste únicamente en producir más, sino en producir con menor dependencia de insumos externos y con mayor eficiencia en el uso de los recursos naturales.
La propuesta central de la investigación no consiste en restringir la libertad de los agricultores ni en impedir que un cultivo pueda desarrollarse en nuevos territorios. Su planteamiento es mucho más simple y, al mismo tiempo, más ambicioso: incorporar la Especialización Agroecológica Territorial como un criterio permanente de planificación pública, complementado con un Índice de Especialización Agroecológica Territorial (IEAT), un Valor Territorial No Capturado (VTNC) y el Principio de Sustitución Productiva Equivalente, con el propósito de asegurar que el fortalecimiento de una cadena productiva no implique el deterioro económico de los territorios donde históricamente se desarrolló sin ofrecer alternativas equivalentes de generación de riqueza.
Durante muchos años la política agraria peruana se preguntó cuánto producir. Más tarde comenzó a preguntarse cómo producir mejor. La investigación sostiene que ha llegado el momento de formular una tercera pregunta, probablemente la más importante de todas: ¿dónde debería producir el Perú cada una de sus principales cadenas agropecuarias para maximizar simultáneamente productividad, competitividad y desarrollo territorial?
Porque el verdadero desafío ya no consiste únicamente en seguir batiendo récords de producción. El verdadero desafío consiste en evitar que esos récords oculten el progresivo debilitamiento económico de los territorios que, durante generaciones, hicieron posible la extraordinaria diversidad agropecuaria que hoy distingue al Perú ante el mundo.


